Rubén Rocha se fue. Regresó. Y volvió a irse. Morena primero lo defendió. Después lo dejó solo. La presidenta cambió de postura. Los respaldos se convirtieron en silencios y los silencios en deslindes.
En pocos días, Sinaloa exhibió una pregunta que ya alcanza a todo México: ¿Quién manda? Y más importante: ¿Quién gobierna?
Porque mandar y gobernar no son lo mismo. Claudia Sheinbaum es la presidenta. Tiene el cargo, la investidura y una mayoría política. Pero el episodio de Rocha Moya dejó dudas sobre algo elemental: ¿tiene el control real de su gobierno y de Morena?
No es una cuestión de género. Nunca lo ha sido. La pregunta es política. ¿Puede un gobernador regresar al poder sin consultarlo con la presidenta? ¿Quién decide cuándo se va? ¿Quién cambia la línea política? ¿Quién ordena cerrar filas y quién ordena romperlas?
Si no hay respuestas claras, hay un problema de gobierno. Porque hoy México parece tener demasiados centros de poder. Palacio Nacional. Palenque. Los gobernadores. Las tribus de Morena. Los operadores políticos. Y Washington, cuyas decisiones y presiones generan movimientos inmediatos dentro del oficialismo.
Entonces la pregunta es inevitable: ¿dónde termina el gobierno de Claudia Sheinbaum y dónde comienza el poder de los demás? Andrés Manuel López Obrador dejó la Presidencia, pero nadie puede sostener seriamente que dejó toda su influencia. Conserva lealtades, operadores y un movimiento construido durante años alrededor de su figura. Y mientras persisten las dudas sobre quién toma realmente las decisiones, surge una preocupación aún más grave: ¿gobierna la presidenta, gobierna el crimen organizado o las decisiones se toman bajo la presión de Washington?
Por eso la pregunta no es si influye. La pregunta es cuándo y cuánto. Ése es el problema de fondo. Morena concentra poder, pero cada crisis evidencia que ese poder está fragmentado. Presume unidad, pero vive en disputa. Presume control, pero improvisa. Presume gobierno, pero muchas veces administra contradicciones.
La Cuarta Transformación corre el riesgo de convertirse en la Cuarta Confusión.
Mientras ellos deciden quién manda sobre quién, México sigue esperando resultados. La violencia no espera. Los desaparecidos no esperan. Las familias que viven con miedo no esperan. La falta de medicamentos no espera. Los problemas económicos no esperan.
Los ciudadanos no pueden poner su vida en pausa mientras Morena resuelve sus pleitos internos. Ése es el verdadero costo del desgobierno.
Un gobierno puede sobrevivir a una crisis política. Lo que no puede hacer es acostumbrarse a gobernar desde la crisis. Gobernar no es cambiar de postura cuando cambia el costo político, no es publicar un desplegado, no es deslindarse después. Gobernar es decidir y asumir la responsabilidad.
Hoy Morena tiene una paradoja. Tiene más poder que nunca. Pero no queda claro quién controla ese poder. Tiene mayorías, gobiernos estatales, instituciones bajo su influencia. Pero cada conflicto revela nuevos grupos, nuevas lealtades y nuevos centros de decisión. Y eso es peligroso.
Porque un país no puede gobernarse mediante llamadas, mensajes, filtraciones y rectificaciones. México necesita una ruta. Necesita decisiones claras, responsables claros y necesita una presidenta que no sólo tenga el cargo, sino el control.
Claudia Sheinbaum debe responder una pregunta que cada día es más difícil ignorar: ¿Manda ella? ¿Mandan los gobernadores? ¿Mandan las tribus de Morena? ¿Manda Palenque? ¿O cada decisión depende de quién tenga más fuerza en ese momento?
Porque una presidenta que manda sólo cuando la dejan, no termina de mandar. Y mientras Morena decide quién gobierna a Morena, México sigue esperando saber algo mucho más importante: ¿Quién gobierna México?