Hay noticias que provocan enojo. Otras provocan risa. Y hay algunas que, de plano, nos dejan con la sensación de que alguien está jugando con nuestra cara. La semana pasada terminó con una de esas.
Mientras los mexicanos hacen malabares para pagar la renta, el súper, la luz, la gasolina y todo aquello que misteriosamente sube más rápido que los salarios, el Gobierno federal decidió seguir consintiendo a Pemex y a su sindicato.
El acuerdo laboral para los trabajadores petroleros contempla incrementos salariales de 7%, que representan una nueva presión para las finanzas de una empresa que lleva años viviendo con el tanque de oxígeno puesto.
Aquí está lo verdaderamente absurdo: Pemex está en quiebra. Tiene deudas con bancos (más de 80 mil millones de dólares), enfrenta millonarios compromisos con proveedores (374 mil millones de pesos), requiere apoyo del Gobierno (Hacienda le dará 263.5 mil millones de pesos) y, aun así, mantiene una estructura laboral con prestaciones que cualquier trabajador común quisiera ver en su recibo de nómina: salarios jugosos y pensiones de medio millón de pesos para privilegiados.
La empresa está endeudada, pero hay aumento. La empresa necesita dinero público, pero hay prestaciones. La empresa requiere rescates, pero la fiesta continúa.
Y si falta dinero, siempre queda una solución infalible: que lo pague el contribuyente. Total, el dinero no es de quien firma el cheque.
Ese es el pequeño detalle que parece habérsele olvidado al Gobierno.
Nadie está cuestionando que los trabajadores tengan derecho a mejores salarios. El problema es que Pemex no es una empresa sana que esté repartiendo las ganancias extraordinarias de un negocio exitoso.
Es una empresa cuya producción petrolera lleva años lejos de las fantasías de grandeza que se vendieron desde la tribuna (prometieron 2.6 millones de barriles diarios y apenas estamos en 1.6 millones). Pero parece que en Pemex existe una regla muy sencilla: si las cuentas no cuadran, que cuadre el Gobierno.
Porque mientras la petrolera necesita miles de millones de pesos para seguir operando, los mexicanos seguimos esperando aquella gasolina casi regalada que durante años fue una de las grandes promesas de la llamada Cuarta Transformación. ¿Se acuerdan? Aquel combustible de 10 pesos por litro.
Si Pemex quiere aumentos extraordinarios, perfecto: que aumente también la productividad. Que reduzca costos. Que disminuya pérdidas. Que cobre lo que le deben. Que pague a sus proveedores. Que incremente la eficiencia de sus refinerías. Que produzca más. Que genere utilidades.
Y, sobre todo, que deje de depender del contribuyente. Es el que paga.
Nos hemos acostumbrado tanto al absurdo que ya ni siquiera nos sorprende. Pero debería. Porque Pemex no pertenece al Gobierno. Cada peso que se gasta mal, cada privilegio que no se justifica y cada deuda que termina respaldando el erario tiene un propietario: el ciudadano.
Estamos hablando de una fiesta con dinero ajeno. ¡Y todos callados!