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7 septiembre 2026
Federico Torres López
Federico Torres López
Profesional de la comunicación con más de 40 años de experiencia en los ámbitos del sector privado, la política, el deporte y la academia. Director de programa en la Escuela de Comunicación de la UP en Guadalajara.

La frontera que Europa no quiere mirar

7 septiembre 2026
|
05:00
Actualizada
20:15

Ceuta volvió a ocupar titulares a finales de julio de 2026, cuando decenas de miles de personas —el Ministerio del Interior español habló de más de 50,000— cruzaron desde Marruecos en apenas unos días, muchas a nado, otras saltando la valla. Decenas murieron en el intento; miles de menores no acompañados desbordaron unos centros de acogida pensados para una fracción de esa cifra.

No fue un hecho aislado: fue la última repetición de un guion que España conoce desde hace años.

Ceuta y Melilla llevan más de cinco siglos bajo soberanía española, mucho antes de que existiera el Marruecos moderno. Rabat las reclama desde su independencia en 1956, aunque ni el Derecho Internacional ni la ONU las consideran territorios pendientes de descolonización. Esa disputa de fondo, nunca resuelta, es el telón sobre el que se repiten las crisis fronterizas: 2017, 2018, 2021, 2022 y ahora 2026, cada una más grave que la anterior.

Lo que distingue a estos episodios de una simple presión migratoria es su timing. La avalancha de 2021 coincidió con la acogida española al líder saharaui Brahim Ghali; la de este verano se atribuye, según analistas, al malestar marroquí por el acercamiento diplomático de Madrid a Argelia, rival regional de Rabat.

En ambos casos, Marruecos relajó el control fronterizo justo cuando España tocaba un nervio sensible. Es difícil no leerlo como lo que varios expertos ya llaman abiertamente: la migración usada como instrumento de presión geopolítica, en la misma lógica que Turquía ha ejercido sobre Grecia o Bielorrusia sobre Polonia.

Ese uso instrumental convierte a Ceuta y Melilla en algo más que un problema migratorio bilateral: son la frontera sur de toda la Unión Europea, y así lo entiende el resto del continente. Esta red temática se ha extendido por varias semanas y Pedro Sánchez, el jefe del gobierno español, no ha tomado decisión alguna.

La reacción no se hizo esperar —Italia llegó a plantear la suspensión de compromisos de Schengen con España—, prueba de que ningún socio europeo quiere asumir el coste de una puerta que percibe abierta de par en par. Bruselas exige a Madrid contención; Madrid depende de la voluntad de Rabat; y Rabat ha aprendido que esa dependencia es una palanca que puede accionar cuando le conviene.

El resultado es una España atrapada entre la presión de sus vecinos europeos, que exigen mano dura, y la de Marruecos, que dicta el ritmo de la frontera a su antojo. Mientras ambas ciudades sigan gestionándose como un problema de orden público que se apaga cuando escala y se olvida cuando baja, seguirán siendo el punto donde estalla, cada pocos años, la tensión que Europa entera prefiere no mirar de frente. ¿Hasta cuándo la decisión final se seguirá postergando?

Seguimos en conexión.

*Las opiniones y contenidos en este texto son responsabilidad total del autor y no de este medio de comunicación.
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