Hay gobiernos que rinden cuentas y hay gobiernos que se rinden homenaje a sí mismos. Ese fue el caso del segundo informe de Claudia Sheinbaum. El problema no radica en que la presidenta de México presuma resultados, todos los gobiernos lo hacen, sino en que el discurso oficial construya un país impecable mientras millones de ciudadanos enfrentan una realidad mucho menos alentadora.
Cifras, inversiones y supuestas reducciones de delitos desfilaron en el podio como si México atravesara su mejor época. Sin embargo, este ejercicio terminó pareciéndose más a un enorme escaparate de propaganda política, un catálogo de buenas noticias que dejó en la penumbra los grandes pendientes.
A la ciudadanía le faltó escuchar que la presidenta reconociera errores y se comprometiera con temas críticos como los desaparecidos, la seguridad, salud, el estado de las carreteras, la economía, la justicia y las fiscalías, entre muchos temas más.
Cuando un gobierno solo selecciona los datos que le favorecen, la estadística se convierte en un maquillaje que, tarde o temprano, se cae. La prueba de ello ocurrió el pasado sábado 5 de septiembre en Colima, donde la presidenta fue recibida con protestas y reclamos. Para una administración que insiste en presentarse como cercana al pueblo, el episodio fue incómodo.
Porque una cosa es decir desde Palacio Nacional que el país está mejor, y otra muy distinta es decirlo frente a personas que tienen una pancarta, una denuncia, una inconformidad o una pregunta que no estaba contemplada en el guion.
Y es que estas visitas estatales se han caracterizado por el acarreo masivo de camiones y el control estricto de los asistentes, condicionados bajo listas de programas del Bienestar para evitar que se repitan estos escenarios.
Ante los reclamos en Colima, la presidenta no mostró serenidad; optó por la confrontación verbal y el señalamiento de supuestas infiltraciones partidistas. Este es el gran riesgo del oficialismo actual, etiquetar cualquier crítica como oposición y cualquier reclamo como conspiración. Un gobierno fuerte y seguro de sus resultados no debería temerles a los cuestionamientos ni descalificar al que protesta.
Esperamos que, en el resto de esta gira nacional de rendición de cuentas, la presidenta realmente escuche a la ciudadanía. México necesita que se abra el espacio para hablar de frente y que se den soluciones reales a los problemas que, lejos de desaparecer, son cada vez más graves en nuestro país.