A lo largo de la historia han existido grandes cartógrafos como Claudio Ptolomeo, Al-Idrisi, Martin Waldseemüller, Gerardus Mercator, Abraham Ortelius, Juan de la Cosa, Matteo Ricci, Guillaume Delisle, Alexander von Humboldt, Marie Tharp, entre muchos otros más. Sus aportes a lo largo de los siglos han sido fundamentales para conocer y entender la geografía terrestre.
Desde luego, ninguno de ellos se puede comparar con el cartógrafo Donald Trump, que despacha en la Oficina Oval, y que cotidianamente nos da muestras de su ignorancia y de su alterada y loca cartografía imperial. Ejemplos sobran: Golfo de América por Golfo de México, Lago América por Lago Ontario, Nueva América por Nuevo México, Estrecho de Trump por Estrecho de Ormuz, Venezuela, Canadá y Groenlandia como estados de la Unión Americana. La última muestra de su agresión contra las naciones independientes y soberanas a partir de su famélica cartografía mental fue publicar una imagen de un mapa en el que se ven los territorios de Canadá, Estados Unidos, Groenlandia, Centroamérica, el Caribe y México cubiertos con la bandera estadunidense y el nombre de ese país aglutinando todos los territorios. Los sueños de grandeza imperial parecen no tener límites.
Ante esa embestida, de manera inmediata vino la respuesta de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, quien enfatizó que México no es, ni será colonia ni protectorado de ningún país extranjero. Desde Palacio Nacional quedó clara la posición del gobierno mexicano frente a las agresiones (que no son ocurrencias de un incontinente tuitero nocturno como algunos quieren verlas) lanzadas desde una alcoba de la Casa Blanca. Esto le debe quedar claro a Donald Trump y a la oposición mexicana: los altos costos que hemos pagado a lo largo de la historia por suponer que la solución a nuestros problemas vendrá allende nuestra frontera Norte. Han sido demasiados como para seguir pensando, como lo hacen desde la oposición, que lo mejor es salir corriendo a pedir ayuda a Washington para conseguir lo que por ellos mismos no pueden obtener en nuestro país por falta de propuestas serias frente a los ciudadanos.
Lo realmente peligroso y agresivo de la perturbada cartografía trumpiana no queda solo en las locuras imaginadas del emperador, sino que va más allá y es necesario ponerle un alto.
En casi dos años de su estancia en la Casa Blanca, Trump ha demostrado que nada de lo que obtiene utilizando su poder militar, económico, comercial, financiero y político le satisface, por el contrario, a cada cosecha que consigue en cualquier parte del mundo, le continúa una exigencia más. Seguir pensando que los dislates trumpianos solamente quedan en eso, es un gran error político e histórico de quienes lo miran así: detrás de los disparates del inquilino de la Casa Blanca se encuentra un interés incalculable, infinito, inmenso, indeterminado, de Donald Trump y su gobierno, por robar todo lo que nos pertenece, comenzando por nuestra dignidad e independencia, hasta la tierra que habitamos.