Jalisco, desde hace algunos años, ha puesto atención en la importante labor del cuidador. A pesar de ser conscientes del trabajo de quienes se encargan de cuidar y la entrega diaria a tantas personas que cuidan, su esfuerzo no aparece en las estadísticas de productividad, pero este trabajo, aunque no sea remunerado, sostiene la vida misma. Detrás de las puertas de miles de hogares, desde el Área Metropolitana y por todo el Estado, en Los Altos o en la Costa, se presenta esta misma situación.
Casi todos conocemos a alguien que cuida o nosotros mismos ejercemos esta labor que en muchos casos, hace que posterguemos nuestra propia vida para convertirse en las manos, los pies y el soporte emocional de un familiar mayor, un hijo con discapacidad, un pariente con insuficiencia renal o luchando contra el cáncer.
Cuidar es un acto de amor inmenso, sin duda, aunque también implica una de las labores más desgastantes, solitarias y silenciosas, que está minando la salud física y mental de quien ejerce esta tarea. Ser cuidador se ha convertido en la mayoría de los casos en una compleja situación que parte de nuestra realidad actual, y no todos los gobiernos apoyan para menguar sus efectos nocivos: el desequilibrio emocional, físico y económico.
Quien cuida no tiene horarios. Su jornada empieza antes de que salga el sol y muchas veces no termina por la noche, que es interrumpida por medicamentos, la atención y ayuda en actividades o la constante vigilia del miedo; todo ejerce un desgaste importante que no debe ser ignorado, porque tarde que temprano tendrá consecuencias y entonces será tarde, porque serán dos personas las que requieran cuidados.
Físicamente, el cuerpo cobra factura. La fatiga crónica, los dolores de espalda por transferir peso y el insomnio, se vuelven parte de la rutina. Sin embargo, el verdadero caos ocurre en el cansancio emocional. Quien cuida vive en un constante estado de alerta que destruye el sistema nervioso. Aparece la culpa por querer un momento a solas, la ansiedad ante un futuro incierto, el aislamiento social porque el mundo exterior sigue su marcha y una profunda tristeza al ver el deterioro progresivo de quien se ama. Poco a poco, la identidad de la persona cuidadora se desdibuja; sus propios proyectos, su salud y sus sueños pasan a un segundo plano. Si a esto se agrega que conforme trascurre el tiempo las ayudas que tenían en un principio se retiran, y quedan como único cuidador, la tarea se hace más pesada y complicada.
A nivel institucional, en nuestro Estado se han comenzado a dar pasos importantes que marcan un precedente nacional. Contamos con una Ley del Sistema Integral de Cuidados para el Estado de Jalisco, una herramienta jurídica diseñada para construir una sociedad más corresponsable entre las familias, la comunidad y el gobierno. Asimismo, a través de programas públicos vigentes como “Yo Jalisco, Apoyo a Personas Cuidadoras”, se destinan recursos económicos, capacitación y redes de acompañamiento para visibilizar y aliviar de alguna manera el impacto financiero en los hogares vulnerables. Es un avance histórico que Jalisco lidere este esfuerzo normativo, porque quienes viven esta realidad día con día saben que el reto en las calles y en las casas sigue siendo monumental.
El dinero aligera un fragmento de la carga, pero la infraestructura del cuidado necesita expandirse con un enfoque profundamente humano y comunitario. No basta con la transferencia económica; se requiere robustecer con urgencia el acceso a la salud mental, facilitando apoyo psicológico especializado y gratuito para procesar el desgaste emocional. Una red de apoyo con familiares o amigos atenúa en cierta medida esta labor. Sin embargo, cuando no existe esta red el gobierno podría propiciar espacios públicos que fueran un “respiro familiar”, donde las personas cuidadoras puedan dejar a sus seres queridos en manos profesionales durante unas horas para asistir a sus propias consultas médicas, descansar o simplemente recuperar un espacio de autonomía individual.
Cuidar de un ser querido no debería significar la autodestrucción o el empobrecimiento de otro ser humano. Si una sociedad se mide por la forma en que trata a sus miembros más vulnerables, también debe medirse por el valor y la protección que otorga a quienes los sostienen. Abrazar la causa de los cuidadores en Jalisco no es un asunto privado de cada familia; es un deber de justicia social, una urgencia de salud pública y, ante todo, un acto de profunda empatía con quienes lo dan todo sin pedir nada a cambio.
La excelente noticia ante este “cáncer social” es que ya se inició el camino para cuidar al cuidador. Esperamos que cada día seamos más conscientes y empáticos para dar una respuesta integral a esta apremiante situación.