Canadá se cansó de las bravuconadas de Donald Trump, se desesperó por continuar atada a las decisiones históricas de Washington, se molestó de ser vista y tratada como una hermana menor sin voz ni poder de decisión frente a Estados Unidos. Se indignó del maltrato sistemático de la Casa Blanca. Desde la llegada del republicano Trump a la presidencia, las pinzas sobre Ottawa se han ido cerrando y apretando más, razón por la cual el primer ministro, Mark Carney, optó por decir “ya basta”, y aprovechar la encrucijada que vive la Unión Europea con los embates de Trump y de China contra su economía.
Desde el Parlamento Europeo, Mark Carney fortaleció la idea de que Canadá estreche los lazos con la UE haciendo eco al plan de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen de convertir al país de la hoja de maple en “miembro asociado” de la UE. Ambos personajes hablaron de las posibles áreas de cooperación que incluyen los minerales críticos, la defensa, la Inteligencia Artificial, la seguridad energética y el espacio, comercio digital más fluido de bienes y servicios no agrícolas, así como la participación de Canadá en Erasmus+, el programa de intercambio estudiantil de la UE.
Si bien el estatus de “miembro asociado” no existe y para ello primero se necesitarían varios pasos, es un hecho que Canadá ha ido profundizando su relación comercial cada vez con menos barreras con la UE, y al menos la posibilidad de ser “miembro asociado” se ha debatido en el Parlamento Europeo desde hace diez años. A todo ello, Donald Trump respondió con la amenaza de poner “aranceles severos” al viejo continente o dejar de comerciar con Europa en muchos productos.
Luego de las agresiones militares, políticas, electorales, financieras, económicas y comerciales de Donald Trump a más de medio centenar de naciones desde enero de 2025, el republicano muestra su cinismo al afirmar que un acercamiento mayor entre Canadá y la UE sería un acto hostil contra Estados Unidos. Su desfachatez no tiene límite. Pareciera que en su realidad alterada, el único que tiene el derecho a agredir a una nación, cualquiera que ésta sea y por la razón que sea, es él. Como si el poder supremo de decidir los rumbos que cada nación quiere seguir, lo tuviera el inquilino de la Casa Blanca. Lo más delicado de ello, es que en varias naciones agredidas por Trump existen sectores que miran gustosos las ansias de dominación trumpriana sobre sus países.
Las amenazas de Trump provocaron una respuesta más contundente por parte de Kathleen Van Brempt, la vicepresidenta belga de la Comisión de Comercio del Parlamento Europeo: “Trump no tiene poder de veto sobre nuestro futuro. No nos dejaremos presionar para abandonar esa cooperación. Que Trump haya recurrido inmediatamente a amenazas de esta gravedad es muy significativo. Demuestra precisamente por qué una cooperación más estrecha entre Europa y Canadá es sensata y necesaria. No es que la idea le parezca ridícula; le da miedo”.
Estoy cierto que, frente a las constantes agresiones de Trump contra decenas de países, la mejor manera de hacerle frente es con inteligencia, independencia y soberanía. Cualquier respuesta que signifique bajar la cabeza y asumir a pie juntillas las ordenanzas del republicano, será la condición suficiente para ser aplastado con mayor fuerza por el inquilino de la Casa Blanca. A Trump se le debe responder con firmeza e inteligencia, todo lo demás acarreará perores consecuencias. Los gobiernos de Claudia Sheinbaum Pardo y Mark Carney ya lo han entendido así.