En San Lázaro acabamos de presenciar cómo la mayoría de Morena consagró una nueva fobia de Estado: el miedo a que un documento extranjero disuelva el compromiso con México. Con la prisa que siempre acompaña a las consignas sin rigor técnico, aprobaron la reforma a los artículos 82, 116 y 122 constitucionales para prohibir que cualquier mexicana o mexicano con doble nacionalidad aspire a la Presidencia de la República, a una gubernatura o a la Jefatura de Gobierno.
El oficialismo insiste en disfrazar este cerrojo con la retórica revolucionaria de la soberanía, y nos dicen desde la tribuna que se trata de evitar lealtades divididas o traidores a México. Sin embargo, la farsa se desmorona en cuanto confrontamos su narrativa con la realidad. Saquemos bien las cuentas: En un país de 130 millones de personas, es un auténtico despropósito movilizar todo el aparato legislativo y abrir la Carta Magna para legislar sobre apenas el 0.45% de la población.
¿Desde cuándo medio punto porcentual justifica una cirugía constitucional? La respuesta no radica en la seguridad nacional ni en el derecho público; radica en el innegable tufo electoral que impregna cada renglón del dictamen.
Detrás de este falso patriotismo se esconde el pavor indisimulable de Morena a competir en igualdad de circunstancias. Le temen al surgimiento de perfiles con preparación, peso político y arrastre real que puedan disputarles y arrebatarles espacios de poder en 2027 y 2030. Saben que su hegemonía no es invencible y, aterrados ante la posibilidad de enfrentar contrincantes fuertes a los que no puedan someter con propaganda, prefieren eliminarlos de la contienda antes de que comience la carrera.
Cuando el poder modifica la Constitución para incidir sobre universos minúsculos, no está atendiendo una prioridad de país, sino está confeccionando un traje a la medida. Es la cobardía institucionalizada de quien prefiere vetar adversarios en el papel porque sabe que en las urnas puede perder.
La contradicción resulta grotesca. El mismo régimen que llena plazas elogiando a nuestros connacionales en el exterior y llamándolos “héroes vivientes” por sostener la economía con sus remesas, es el que hoy les impone una presunción de traición. Si tienes raíces binacionales, si tu familia migró o si te formaste fuera, para el discurso populista eres orgullo nacional; pero si aspiras a transformar el país desde un cargo público, te vuelves una amenaza que hay que erradicar por decreto. ¿Con qué cara irá Morena a pedir el voto extranjero cuando impide su participación?
Legislar para el 0.45% no es blindar a la patria; es exhibir el pánico electoral de un
oficialismo que le huye al contraste democrático. Agregar que esta maroma legislativa tiene nombre: Ricardo Salinas Pliego y Francisco Javier García Cabeza de Vaca. No podemos permitir que conviertan la Constitución en un garrote para eliminar rivales por adelantado. La democracia no se protege cerrando candados por miedo a perder.