El conocimiento de nuestra historia no tendría que circunscribirse a una acumulación de datos, nombres y acontecimientos, todo eso es importante, pero no representa la esencia del conocimiento histórico que debería ser, en cambio, la comprensión del pasado y sus procesos, para un mejor entendimiento del presente e, incluso, para la toma de decisiones a futuro.
Aunque se trata de una corriente historiográfica que en realidad no es tan reciente, es hasta hace poco que la historia aplicada empieza a adquirir relevancia y más adeptos, porque resulta que sistematiza y ofrece métodos y estrategias para usarla en diversos ámbitos de la realidad cotidiana: memoria, género, medio ambiente, agricultura, políticas públicas, política, procesos de paz, antropología, economía… En fin, prácticamente en cualquier disciplina y espacio de desarrollo.
En este orden de ideas, la historia aplicada tiene un propósito muy claro, independientemente del enfoque o los objetivos, y es llegar a públicos no especializados, es decir, a todos. Uno de los teóricos del concepto de “conciencia histórica”, Jörn Rüsen, afirma que la historia aplicada sirve para una educación transformadora (no reproductora) y, por ende, para el desarrollo de pensamiento crítico, una habilidad que escasea y se está impulsando desde diversos frentes con sentido de urgencia.
¿A qué voy con todo esto? A la importancia de conocer nuestra propia historia. Por ejemplo, para la sociedad contemporánea es muy diferente “saber” o “creer” que la guerra de Independencia fue un movimiento elitista, urdido por unos cuántos y con intereses inciertos; a saber que, con información precisa, en realidad, fue un movimiento social inédito que refleja la calidad y la constitución de los habitantes de este territorio. Aquí la historia cumple tres funciones: identitaria, cooperativa y orientativa.
Las dos primeras favorecen la inserción de los individuos “en una trayectoria intergeneracional que aporta un sentido de pertenencia a un entorno territorial, social y cultural” y la intervención plena y consciente en las acciones colectivas; y la tercera ha jugado un papel determinante como insumo de argumentación y legitimación moral e ideológica de los cambios políticos y sociales. Esto lo afirma Wilson Picado, un historiador enfocado en la conceptualización de la historia aplicada.
El tema tiene que ver con septiembre en México, por supuesto, con la idea de abordar los festejos patrios con un enfoque que nos facilite hallar los significados de estas conmemoraciones, especialmente hoy en día cuando, reitero, las amenazas del individuo anaranjado del norte se ciernen sobre el mundo, pero más sobre México. A una semana de las celebraciones por un aniversario más del inicio de la Independencia de nuestro país, en la ONU, nada menos que durante la Asamblea General, el hombre volvió a arremeter con un discurso violento primero; y después de reconocimiento.
¿Para qué o cómo nos puede servir la historia en esta circunstancia? Hay que remitirse a cómo han sido las relaciones México-EE.UU. desde hace dos siglos, por lo menos; a la historia de México y a la del vecino del norte en particular, más la historia de los contextos. Aquí me refiero, por ejemplo, a los discursos políticos en Estados Unidos cuando están en pleno proceso electoral, a 40 días más o menos, de que se lleven a cabo las elecciones intermedias allá, mientras el actual presidente registra una de las caídas más profundas en la aceptación que le otorgan sus ciudadanos o, visto desde el otro lado, los altos niveles de desaprobación que incluyen a personas de estados tradicionalmente republicanos y proclives a Donald Trump como Texas y Florida, entre otros (esta encuesta se puede consultar en el sitio del periódico The Economist, se publicó la semana pasada).
Simplemente tener en mente esta información, nos ayuda a comprender mejor los procesos encaminados y por qué por ejemplo, con insistencia, la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, afirma que “México no es piñata de nadie”, que la soberanía no se negocia y que México coopera y colabora pero no se somete.
La historia de las relaciones entre México y Estados Unidos aporta lecciones para no cometer los mismos errores, corregir el rumbo, orientar, afianzar posturas y políticas, para sustentar y definir la toma de decisiones y para fortalecer y perfilar, incluso, el estilo personal de gobernar.
Septiembre en México es el mes para tener presente un pasado difícil, sí, muy difícil, pero, con palabras de hoy, resiliente, en el que actuaron personajes fundamentales pero también el pueblo al que apenas hasta ahora se reconoce. La historia de México ha sido construida, configurada y reconfigurada por sucesivas generaciones de mexicanos que hemos mantenido a este maravilloso país en pie a pesar de los embates externos que ahora se vuelven a presentar con otras formas y contextos, pero siguen siendo ataques. Y que lo mantenemos en pie ahora con un sentido y con propósito; con cada vez más conciencia histórica presente y con visión de futuro.
Más allá de septiembre (el 8 se conmemora el natalicio de Josefa Ortiz Téllez Girón; el 13 la gesta de los Niños héroes y el 16, el Grito de Dolores; ayer se cumplieron 205 años de la consumación de la Independencia; mañana se cumplirán 240 del natalicio de Guadalupe Victoria y el miércoles 30, 261 del nacimiento de José María Morelos), reitero la invitación a conocer nuestra historia con mayor profundidad y buscar fuentes diversas para valorar en su justa dimensión nuestra grandeza, nuestras capacidades, lo que hemos atravesado, lo que hemos logrado, para enfrentar con conocimiento de causa los enormes desafíos que tenemos enfrente.