Inició el nuevo proceso de la Selección Mexicana con Rafael Márquez al frente, sin novedad, con más dudas que certezas, y es que podrá sentarse quien quiera en el banquillo del Tricolor y creo que la historia seguirá siendo la misma, porque para esperar un cambio no es cuestión del técnico, ni de la idea futbolística, ni siquiera de los mismos jugadores, porque podrán venir unos u otros, veteranos o jóvenes, y siempre resulta lo mismo, porque el verdadero cambio no es del Tri, es de la estructuras del futbol mexicano en sus formas y fondos.
De entrada, Rafa ha empezado a inclinar la rodilla ante el sistema, ese del que se quejaba cuando triunfaba en Europa como jugador, cuando no le parecían los manejos de dueños y directivos, pero ahora ya es parte y como empleado no le queda de otra más que acoplarse sin decir nada, o ¿acaso se quejó por no poder llamar a todos los que él quería a su nuevo listado? ¿O dijo algo porque unos jugadores llegaron una semana después a reportarse? Pues claro que no.
El nuevo ciclo arranca con las mismas complacencias de siempre. El resultado no importa, esto apenas comienza, vamos a ver jugadores, pensamos en el 2030, etc., etc., etc. Y mientras tanto, el jugador llámese como se llame, en la comodidad de siempre, en la acostumbrada en la Liga MX donde el sistema de competencia lo hace tener cero exigencia, y en su actividad con su equipo foráneo, pues en el caso de los que militan en Europa saben que anden como anden, jueguen o no, militen en el equipo que sea en la liga que sea, ya tienen un lugar en la Selección solo por jugar en el Viejo Continente.
Pero ahora, además, la Selección se ha convertido en un auténtico laboratorio de jugadores, pues en lugar de ser una Selección con lo mejor de lo mejor, resulta que un elemento que no es titular ni siquiera en su equipo, que apenas ha jugado tres partidos completos en Primera División, ya es objeto del deseo para el técnico nacional, es decir, un jugador que ni siquiera se ha consolidado ya es llamado a selección mayor. Qué lejos quedaron esos tiempos en donde para ser tomado en cuenta con el Tricolor por lo menos necesitabas, mínimo, 50 partidos completos en Primera División, ser titular indiscutible en tu equipo y haber logrado uno o varios títulos.
Hoy no puede ser que nuestra Selección dependa de la magia de un niño prodigio, porque eso es, un garbanzo de a libra, una excepción a la regla, un fenómeno extraordinario, como es el niño Gilberto Mora, quien sigue demostrando a sus 17 años de edad que su hambre e incluso su misma inocencia, están por encima de las vacas sagradas, esas que por su trayectoria se han olvidado de ese amor, pasión y admiración por vestir la casaca nacional, ¿verdad “Chucky”?, quien increíblemente después de perderse un Mundial hace apenas unas semanas, ahora sea tomado en cuenta para vestir la playera de la Selección Nacional.