Las reformas e iniciativas impulsadas por el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum han encendido las alarmas entre organismos internacionales, partidos de oposición y defensores de los derechos digitales. Entre ellas, señalan la iniciativa sobre protección de audiencias, que consideran un intento de ampliar el control sobre los medios de comunicación, y ahora la llamada “ley meme”, que ha generado preocupación por sus posibles implicaciones para la libertad de expresión y el control de las redes sociales. Estas medidas reflejan una tendencia autoritaria del gobierno, como lo hacen los dictadores.
La llamada LEY ANTIMEMES abrió una discusión que no deberíamos enfrentar con un simple comunicado. El debate sobre las reformas en materia de propiedad industrial y derechos de autor puede tener objetivos legítimos, combatir la falsificación, el fraude, la suplantación de identidad institucional y el uso comercial engañoso de símbolos oficiales. Perfecto. Nadie está defendiendo la piratería ni el fraude.
Pero una cosa es proteger una marca institucional y otra muy distinta es ponerle bozal al humor político. Porque resulta que un gobierno puede tener presupuesto, asesores, abogados, oficinas de comunicación y miles de funcionarios, pero lo que realmente parece quitarle el sueño es una imagen con texto.
La democracia mexicana lleva décadas conviviendo con caricaturas, cartones, sátiras y parodias. Lo que antes hacía el caricaturista con tinta, hoy lo hace cualquier ciudadano desde su teléfono mientras espera el camión. El formato cambió, la libertad de expresión no debería cambiar con él.
La sátira no es una amenaza para el poder. Es una forma de cuestionarlo. El problema, entonces, no está solamente en lo que una reforma dice que pretende castigar, sino en cómo puede interpretarse mañana por una autoridad. Porque las leyes deben ser suficientemente claras para que un ciudadano sepa dónde termina su derecho y dónde comienza una conducta ilícita.
Para el meme, parece que sí hay lupa, pero para la corrupción nos gustaría que hubiera microscopio. Al ciudadano que cuestiona con caricaturas y memes al gobernador, al senador, al partido o al funcionario de turno, le llegan las advertencias, las amenazas y los castigos.
Hay algo curioso en la política mexicana de MORENA: cuando existen señalamientos públicos mucho más graves contra personajes políticos, relacionados incluso con posibles vínculos con estructuras criminales o con acusaciones formuladas desde el extranjero, nos gustaría que el gobierno actuara con la misma contundencia que muestra frente a los memes, las caricaturas y las publicaciones en redes.
Si el gobierno quiere acabar con los memes, tendrá que prohibir primero el Wi-Fi, los teléfonos y probablemente, el sentido del humor que caracteriza al mexicano. Porque el humor no se legisla.