Gobernar a punta de chequera electoral mientras se desmorona el país no es transformación; es cinismo puro y duro. Apenas antier al subir a la tribuna de San Lázaro y hablarle al lado al secretario de Hacienda, Édgar Abraham Amador Zamora, fue hablarle de frente a un recinto legislativo que cada día escucha menos a la gente y se encierra más en su soberbia. El espectáculo en el pleno rayaba en la desvergüenza con un ausentismo apabullante de Morena, cuya gigantesca aplanadora apenas alcanzaba a cubrir el 10% de sus curules. Abandonaron a su propio coordinador de bancada, a quien dejaron pasmado, incómodo y completamente solo frente al compromiso de sostenerle la mirada al titular de Hacienda mientras se exhibían, una por una, las inconsistencias de su proyecto económico.
A ese pleno fantasmal y al secretario fui a ponerle cifras de su descaro. Porque ignorar desde la comodidad del poder lo que ocurre afuera no es un desencuentro parlamentario, sino decirles en la cara a más de 8.5 millones de jaliscienses que no les importa lo que ocurre mientras ellos sean triunfantes, aunque detengan una parte vital de la economía nacional y nos dejen un presupuesto de castigo, centralista y diseñado para asfixiar a los estados.
Hacienda presume con fanfarrias una bolsa histórica de 10.6 billones de pesos. Lo que no dicen en sus mañaneras es que están pagando programas sociales con deuda neta, recurriendo a un endeudamiento voraz.
En educación, el balance ya roza la negligencia criminal. Mientras la ley exige destinar al menos el 8% del PIB, este gobierno apenas araña el 4%. Prefieren inflar padrones y regodearse con la Beca Rita Cetina antes que ponerle un foco o un retrete a las escuelas y mientras el 57% de las y los alumnos en México no tiene internet, el 19% carece de agua potable y el 10% ni siquiera tiene un sanitario digno en su plantel. Nos presumen transferencias directas mientras el país se hunde en el penúltimo lugar de la OCDE en ciencia y comprensión lectora. Destruyeron los mecanismos de evaluación, y también condenaron a una nación donde 7 de cada 10 empresas ya no encuentran personal calificado.
Para Jalisco, la misma receta de desprecio y traición. Nos anuncian con pompa 47 supuestos proyectos por 3 mil 627 millones de pesos, pero la letra chiquita delata la simulación de bolsas multiestatales y obras centralizadas de las que nuestros municipios no verán un centavo. Lo más grave no es el regateo, es la quiebra de la palabra empeñada. Hace unas semanas la presidenta Claudia Sheinbaum asumió públicamente el compromiso de que la Federación financiaría las obras complementarias para que la presa El Zapotillo opere al cien por ciento. Hoy, en el documento que Hacienda entregó, no existe una sola partida presupuestal etiquetada para El Zapotillo.
El resto del presupuesto confirma la política del desmantelamiento. Le metieron un tijeretazo del 30% al mantenimiento de carreteras, le quitaron más de 30 mil 800 millones de pesos a una CFE rebasada por apagones recurrentes, mientras el discurso oficial fantasea con atraer inversiones. ¿Con qué energía van a operar las industrias? ¿A oscuras?
Un presupuesto no es para tapar hoyos con propaganda ni para premiar la complicidad de bancadas que ni siquiera se presentan a trabajar. Si el secretario de Hacienda y su partido creen que las demandas de Jalisco se van a tirar al cajón de los casos perdidos porque les incomoda dar la cara, se equivocan. En San Lázaro no vamos a tolerar que administren la mediocridad mientras condenan a nuestra gente al abandono. O corrigen las cuentas, o que asuman el costo político de omisión.