Hoy quiero plantearte dos complicadas preguntas: ¿Cómo pasar de la trinchera a la propuesta? ¿Cómo hacer una transformación pacífica en la defensa de la discapacidad?
Ser padre o madre implica asumir múltiples roles, pero cuando se tiene un hijo con discapacidad, se añade uno que nadie planea, pero que se vuelve cotidiano: el de defensor de sus derechos fundamentales. En México, actividades tan comunes como elegir una guardería, un preescolar o una primaria, pueden convertirse en un calvario burocrático y emocional. Aunque la educación es un derecho inalienable, la realidad golpea con fuerza cuando las puertas se cierran antes de que se pueda entregar la información completa del alumno. Bastan las palabras “tiene discapacidad” para que muchas instituciones activen el rechazo. Esto es discriminación, una aberración que no debería ocurrir, pero que tristemente sigue sucediendo con bastante frecuencia.
Ante este panorama, es completamente comprensible que muchos padres adopten un lenguaje bélico. Se autodenominan “guerreros” y acuden a las instituciones y escuelas como quien va a la guerra, armados con hostilidad. Detrás de esa armadura no hay maldad; hay un profundo dolor, un duelo por el diagnóstico del hijo que aún no ha terminado de procesarse, muchos días de estrés, angustias y barreras que deben superarse, una herida causada por los muchos obstáculos que han tenido que sortear. Sin embargo, actuar desde el enojo puro y utilizar palabras soeces o denigrantes no resuelve la situación, y suele ser contraproducente. El odio solo genera más odio, levanta muros más altos y, trágicamente, aleja el objetivo principal: que el niño sea incluido y respetado.
Para lograr un cambio real, es urgente transitar del rol de víctima o combatiente agresivo al de un agente proactivo con propósito comunitario. Esto no significa, bajo ninguna circunstancia, romantizar la injusticia o cruzarse de brazos ante las deficiencias del entorno. Significa vivir una transformación psicológica y social para cambiar la perspectiva sobre nuestro propio poder de acción.
La vía pacífica y proactiva comienza cuando canalizamos la energía del enojo hacia la estrategia. En lugar de entablar una lucha contra los funcionarios o directivos, el camino más efectivo es el poder de la palabra y la argumentación. Cuando nos presentamos en los planteles educativos, no ganamos nada señalando personas o buscando culpables; ganamos cuando nos enfocamos estrictamente en los hechos y en las soluciones. Denostar a quienes están del otro lado del escritorio solo cierra los canales de comunicación. En cambio, una exposición clara, respetuosa y bien fundamentada sobre las necesidades reales del alumno, desarma cualquier prejuicio y abre el espacio para un entendimiento mutuo y juntos, buscar las soluciones factibles; en equipo se logran mejores resultados y podrán fijarse metas viables y objetivos claros.
La clave está en aprender a sumar, en lugar de ponernos en contra de quienes, al final del día, tomarán las decisiones que pueden impactar positivamente la vida de nuestro hijo; sólo así lograremos multiplicar los resultados. En lugar de ver al docente, al directivo, o a las instituciones, como un enemigo a vencer, podemos vernos como aliados. Esto se logra compartiendo de manera constructiva información útil, colaborando de cerca con la institución para resolver juntos los retos de accesibilidad que se vayan presentando. Cuando se percibe la ausencia de conflicto y se trabaja en equipo, la resistencia disminuye.
Además, esta transformación nos permite pasar del beneficio individual al impacto colectivo. El padre proactivo entiende que la barrera que enfrenta su hijo es la misma que frena a miles más.
Defender los derechos de nuestros hijos con dignidad y paz no es debilidad; es la máxima expresión de fuerza. Al sustituir las armas de la confrontación por las herramientas de la colaboración, el diálogo y la empatía, no solo abrimos las puertas que les fueron cerradas. También les enseñamos a ellos, con el ejemplo, que su valor en el mundo se defiende con la cabeza fría, el corazón firme y la dignidad intacta.