De acuerdo con el INEGI, en su reporte del 5 de octubre, el indicador mensual del consumo privado, que es el consumo de las familias, se mantuvo sin cambio durante el mes de julio, es decir creció 0% respecto al mes anterior, pero comparado con julio del año pasado creció 1.1%. Por su parte, el consumo de bienes importados aumentó 1.6%, mientras que el de bienes y servicios nacionales aumentó 1.0%. El efecto positivo del consumo de bienes importados se explica por la apreciación del peso hasta el mes de septiembre, ya que se pagaron menos pesos por cada dólar de producto importado.
El problema es que el consumo de las familias se ha venido desacelerando desde 2024, y ello es muy importante porque en México representa el 71% del PIB a nivel nacional, por lo que tiene un peso determinante con respecto a la actividad económica del país. Si el consumo privado cae, disminuyen las ventas de las empresas y con ellas la producción, la generación de empleos y por lo tanto, la generación de ingresos para las familias, lo que de nuevo contrae el consumo en un círculo continuo de contracción económica.
Es importante destacar que ha habido un incremento en la participación porcentual del consumo dentro del PIB, ya que pasó de un 67% promedio en el 2017 al 71% en este 2026 y ello se encuentra relacionado con tres cosas importantes:
El consumo privado también depende de cuánto ingreso real disponible tienen los hogares, es decir, para cuánto les alcanza descontando la inflación, y la disponibilidad de financiamiento, además de las tasas de interés que pagan al usar tarjetas de crédito, créditos personales, de nómina o financiamiento automotriz.
La desaceleración en el consumo privado se explica porque la llegada de remesas se ha reducido, dadas las políticas migratorias en Estados Unidos, aunado a la apreciación del peso que, hasta el mes de septiembre, se tradujo en menos pesos por cada dólar recibido en remesas. A esto que hay que agregar, de acuerdo con Banco de México, el incremento en la cartera vencida de tarjetas de crédito en mayo, junio y julio, cuyo saldo vencido creció 3.26% para el crédito al consumo en su conjunto; también ha influido la inflación de la canasta alimentaria urbana, que aumentó más que la inflación en general, y que en junio fue de 4.6% y en julio de 3.8%, mientras que la inflación general fue de 3.37% y 3.12%. Ello reduce el consumo privado para las familias más pobres.
No hay que olvidar la confianza del consumidor, que muestra un deterioro desde octubre de 2024 y cayó en el mes de junio y julio, al pasar de 48.9 a 45 puntos en el mes de julio de 2026, de forma que, aunque una familia tenga ingresos suficientes, puede decidir no gastar si teme perder el empleo, espera un deterioro de su situación económica o incluso de la situación económica del país. En pocas palabras, de qué tan seguros se sienten respecto a su futuro económico.
Por su parte, la generación de empleos y su calidad son elementos adicionales, ya que es mucho mejor el empleo formal que el informal o la informalidad laboral y estos últimos han estado creciendo de forma persistente, mientras que la subocupación y la disminución de la tasa de participación laboral también han aumentado, afectando negativamente el ingreso de las familias y por ende, su consumo.
En resumidas cuentas, la desaceleración del consumo privado se relaciona con la apreciación del peso, la reducción en la llegada de remesas, la inflación de la canasta alimentaria y el deterioro del mercado laboral, a pesar del incremento en el salario mínimo y en los programas gubernamentales de apoyo a las familias.