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21 octubre 2026
Marcela Páramo Ortega
Marcela Páramo Ortega
Exregidora y activista.

“Avísame si necesitas algo”

21 octubre 2026
|
05:00
Actualizada
13:39

Esta frase es bastante común de escuchar cuando sabemos que alguien está en una situación difícil o complicada, como podría ser tener un hijo con discapacidad. Decimos esta oración con la mejor intención, sin percatarnos que con estas palabras dejamos la responsabilidad de llamarnos y pedirnos ayuda en manos de unos padres o cuidadores agotados, y con poco tiempo para solicitar el apoyo. Es mucho más cálido y liberador recibir un mensaje que diga: “Estoy en el supermercado, dime qué te hace falta y te lo dejo en la puerta” o llegar a casa con un contenedor de comida casera lista para calentar. También es un alivio enorme ofrecerse a llevar al parque a los hermanos, dándoles a los padres un ratito de paz para respirar.

Los ejemplos que aquí planteo son solo unas ideas de cómo con empatía y buena voluntad podremos aligerar un poco la carga de estas familias, que pueden estar en pleno período de duelo, o con el cansancio del cuidado diario de un hijo con discapacidad o un adulto mayor que requiere toda nuestra atención y energía.

Criar a un hijo con una condición del neurodesarrollo, una discapacidad o una enfermedad crónica es un viaje que transforma el alma por completo. Es un camino sembrado de un amor inmenso, grandes aprendizajes y de pequeñas grandes victorias; también está habitado por una rueda de la fortuna, un vaivén de emociones complejas que el mundo exterior a menudo prefiere no mirar o ignorar por completo. 

Entre todas ellas, el estigma de la tristeza en la crianza atípica se levanta como una pared invisible y dolorosa. Este prejuicio no solo silencia el sentir de las familias, sino que las empuja a transitar, en la más profunda intimidad, dos de las realidades más duras de este proceso: el aislamiento social y el duelo crónico.

El aislamiento en la crianza atípica casi nunca es una elección; es el refugio que queda cuando el entorno se vuelve hostil o indiferente. Al llegar el diagnóstico, los círculos cercanos suelen empezar a desdibujarse. Algo tan cotidiano y hermoso como ir a un cumpleaños infantil, compartir una tarde en el parque o cenar en un restaurante se transforma en un desafío gigante. La falta de espacios preparados para recibirlos y, sobre todo, las miradas que juzgan o que miran con lástima, hacen que muchas mamás y papás prefieran quedarse en casa, protegiendo el corazón de sus hijos y el propio; y si no se trabaja emocionalmente, en lugar de convertirte en resiliente, puede irse generando enojo y resentimiento. 

A este cansancio físico se une una soledad muy profunda: la de no sentirse comprendidos. A veces, los amigos y familiares no saben qué decir y, por miedo a equivocarse, se alejan. Mientras tanto, el cuidador principal pasa sus días entre terapias, médicos y cuidados constantes, quedándose sin tiempo ni energía para cuidar de sí mismo. No es solo que estén solos en casa; es que se sienten solos en un universo cuyas reglas nadie más parece entender, donde hay un sinfín de barreras que hay que librar. Todo esto hace que salir de casa implique lidiar con situaciones hostiles.

A diferencia de otras pérdidas que encuentran un cierre con el tiempo, la crianza atípica convive con lo que la psicología llama “duelo crónico” o “duelo ambiguo”. No es una tristeza que esté rota o enferma; es una respuesta llena de amor ante una realidad que cambia constantemente. No se llora la falta de amor por el hijo, sino la pérdida de la vida que se imaginó para él, de la autonomía que se soñaba y de un camino que ahora es completamente diferente.

Este duelo no avanza en línea recta; es un ciclo que late y regresa en momentos específicos, funcionando como un tierno, pero doloroso recordatorio:

En los hitos que no llegan, es decir cuando se cumple la edad en la que otros niños caminan, hablan o juegan juntos, y el propio hijo sigue a su ritmo, y es notoria la diferencia.

En las transiciones de la vida: Al ver llegar la adolescencia o la adultez, sintiendo el vacío de un futuro incierto y la pregunta eterna de quién lo cuidará cuando los padres ya no estén.

En el espejo de los demás: Al observar a los hijos de amigos alcanzar su independencia, mientras en casa el cuidado sigue siendo tan íntimo e intenso como en los primeros meses de vida. 

Este oleaje constante agota el sistema nervioso. Aun así, el mundo les pide que sonrían siempre, que sean “guerreros” inquebrantables, transformando una tristeza natural y humana en algo que deben esconder.

Para romper este aislamiento y ayudar a sostener ese duelo que va y viene, todos quienes están cerca no necesitan tener todas las respuestas, solo necesitan aprender a acompañar con el corazón abierto, con empatía y comprensión gestos sencillos que alivien el día a día sin invadir su espacio. 

Prestar el oído, no dar consejos desde una perspectiva muy distinta a la que ellos viven. Cuando un papá o una mamá atípica se quiebra, no busca que le solucionen la vida ni que le digan frases hechas como “Dios sabe por qué y para que hace las cosas”. Solo necesitan que les digan: “Sé que es difícil, se vale estar cansado y aquí estoy para abrazarte”.

Podemos invitarlos a diferentes planes que organicemos con la familia o amigos; solo es importante pensar muy bien a dónde los invitarás para que las condiciones sean propias; ir a un sitio ruidoso puede ser muy abrumador para el niño. Proponer tomar un café en la casa de los padres, donde el pequeño se siente seguro, es una forma hermosa de incluirlos, o hacer un día de campo en el jardín donde él puede estar tranquilo y seguro. Y aunque sepas que muchas veces dirán que no pueden ir a una reunión, hay que seguir invitándolos. Agregar un “Nos encantaría verte, pero entendemos perfectamente si esta vez no se puede, te queremos igual”, les recuerda que son parte del grupo.

Recordar a la persona detrás del cuidador. Es muy fácil que la identidad de los padres se diluya en las terapias de sus hijos. Preguntarles por su libro favorito, charlar de una película o recordar viejos tiempos les devuelve un pedacito de ellos mismos. Incluso un mensaje de Whatsapp que aclare: “No me contestes, solo quería decirte que pienso en ti y te quiero”, rompe la soledad de un segundo a otro; puede ser que hasta le dibujes una sonrisa.

Tenemos que recordar siempre que la tristeza no es incompatible con el amor. Llorar por lo difícil que es el camino, cansarse del aislamiento o sentir el peso del duelo no significa amar menos a un hijo; significa, simplemente, que la carga es pesada y que somos humanos.

Romper este estigma. Necesitamos dejar de verlos como héroes de piedra y empezar a abrazar a madres y padres de carne y hueso. Al abrir espacios donde puedan llorar sin miedo a ser juzgados y donde su realidad sea recibida con ternura, les devuelve el derecho a ser vulnerables. Sostener su mano y validar su sentir es el primer paso para que, por fin, dejen de caminar a solas.

Recordemos una fórmula maravillosa: Comprensión, más empatía, más respeto con las adaptaciones convenientes, nos dará la inclusión.

 

*Las opiniones y contenidos en este texto son responsabilidad total del autor y no de este medio de comunicación.
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