La sátira política en México enfrenta su mayor amenaza no en las balas, sino en el cinismo institucional de quienes instrumentan las leyes para blindar su ego. Cuando un cartón cómico se convierte en “delito”, el debate público se reduce a querer legislar para que la ciudadanía no cuestione a un poder que no tolera ser el hazmerreír o que les obliga a mirarse en el espejo.
El caso del monero jalisciense Paco Navarrete, condenado por un tribunal a disculparse durante quince días por ilustrar la ocurrencia de la diputada local de Morena, Itzul Barrera, es una burla grotesca a la justicia y lo calificó de inmediato como “violencia política en razón de género”, vaciando de contenido real un concepto diseñado por las feministas para proteger vidas.
Esa es la simulación absoluta de la justicia cuando el poder la usa como escudo personal. Esa es la legislación que tenemos cuando llegan personas sin contexto de los tiempos donde abrir la boca era morir. ¿Qué va a saber Itzul Barrera de violencia de género si no ha visto a los ojos a mujeres que han querido ser asesinadas por su propia comunidad tan solo por ser mujeres y querer ocupar un cargo público? Seguro, grandes como Eufrosina Cruz se reirían de ella por usar una causa tan dolorosa y urgente para perseguir a un caricaturista por evidenciar su ignorancia; es una vileza que raya en la farsa.
Esta ofensiva contra el humor no es un hecho aislado, sino parte de una embestida que también busca asfixiar la libre creación en otros frentes. Proyectos independientes de sátira e imitación política como _“La casa de los mañosos”_, que con ingenio retratan la comedia involuntaria de la clase gobernante, se ven hoy directamente amenazados por este andamiaje legal. Son los intentos recurrentes de Morena y sus aliados por frenar de golpe cualquier manifestación de la libertad de expresión oral, creativa y gráfica, buscando apagar la picardía y la crítica ciudadana en el terreno digital y escénico.
Lo más grave de este precedente no es el fallo absurdo de un tribunal arrodillado, sino el mensaje aleccionador que se busca infundir al instaurar una mordaza institucional donde la risa incómoda se castigue con la hoguera moral. En el México de hoy, la censura prefiere disfrazarse de progresismo para obligar al comediante, al monero y al creador a arrodillarse ante la fragilidad del burócrata.
La libertad de expresión no puede quedar a merced de quienes confunden el debate público con la ofensa para justificar su intolerancia. Toda nuestra solidaridad con Paco Navarrete, con los proyectos de sátira como _“La casa de los mañosos”_, los que le antecedieron en otros sexenios y con todos los moneros que sostienen el lápiz y la voz como trinchera. Si la ley actual sirve para criminalizar la risa, lo urgente no es pedir perdón, sino demoler el monumento a la cobardía política.