Cuando Emmanuel Macron llegó al Elíseo en 2017, venía a encarnar una promesa que radicaba en ser el centro radical que, ni de izquierda ni de derecha, serviría de muralla frente al ascenso de la extrema derecha. Una década después, el balance es incómodo. El dique sigue en pie, pero el agua ya se filtra por sus grietas, y buena parte de ese líquido lo dejó pasar el propio arquitecto.
El macronismo se definió por oposición a Marine Le Pen. Sus dos victorias presidenciales, en 2017 y 2022, se construyeron sobre el llamado “frente republicano”, votantes de izquierda tapándose la nariz para frenar a la derecha nacionalista. Pero ese capital político tiene fecha de caducidad. Quien gana por exclusión no construye lealtades, solo cobra deudas, y en 2022 muchos de esos votantes dejaron claro que la factura no volvería a pagarse con tanta docilidad.
Ahí comenzó la deriva. Leyes de inmigración endurecidas, retórica sobre seguridad y laicidad cada vez más ríspida, ministros compitiendo por sonar más firmes que la oposición. Macron adoptó el vocabulario de sus adversarios con la lógica de quien cree que robar el discurso desactiva al rival.
La experiencia europea enseña lo contrario: legitimar el marco del extremo suele confirmar que el extremo tenía razón. El votante prefiere el original a la copia, y la Agrupación Nacional lo entendió mejor que nadie.
En el plano exterior, la historia fue distinta y más ambiciosa. Con la salida de Angela Merkel en 2021, Europa quedó sin su figura ordenadora, y Macron vio la oportunidad de ocupar ese vacío. Habló de autonomía estratégica, de soberanía tecnológica, de un ejército europeo, de una Unión que dejara de ser espectadora entre Washington y Pekín.
La guerra en Ucrania puso a prueba esa visión y expuso sus límites, París aportó ideas y protagonismo, pero Berlín conservaba el peso económico y los países del Este desconfiaban de un liderazgo francés que a veces dialogaba con Moscú cuando el resto prefería aislarlo. Se puede ser la voz más audible del continente y aun así no ser su centro de gravedad.
Esa es la paradoja central de la década, un líder que quiso salvar el orden liberal europeo mientras debilitaba, en casa, las bases de consenso que lo sostienen. Su balance no es el de un fracasado, pues modernizó la economía, mantuvo a Francia en el tablero grande y evitó, hasta ahora, lo peor, pero tampoco es el del salvador que prometió ser.
Macron se va, o se irá, dejando una lección geopolítica clara, no se contiene al nacionalismo imitándolo, y no se lidera a Europa desde un país fracturado. El dique no cayó, pero ya no contiene lo que prometía contener. Es bueno tomar nota de lo que sucede en el mundo para ajustar motores internos.
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