El anuncio de la presidenta Claudia Sheinbaum, de destinar entre 12 mil y 13 mil millones de pesos para las obras del acueducto sustituto Chapala-Guadalajara, es una buena noticia, pero no lo es todo. Ocho años después, la Federación asume su responsabilidad frente a una crisis que demanda compromiso y justicia presupuestaria para Jalisco. Si tenemos que hablar de un ganador en medio de este escenario, más allá de hablar de la entidad, hablaría de la razón.
Hasta hace unos días, el proyecto sonado para gestionar la obra del nuevo acueducto para traer agua a Guadalajara desde Chapala era bajo un esquema CMRO (Construcción, Mantenimiento, Rehabilitación y Operación), que en el mejor de los casos dejaría pasivos por 38 mil millones de pesos a 20 años, y en el escenario a 25 años por casi 49 mil millones, lo que comprometería las finanzas estatales para atender otras necesidades no menos urgentes.
Desde el PRI reiteramos una y otra vez que los problemas públicos se atienden con recursos públicos, por lo cual la Federación debía responder desde el presupuesto. Apenas un 0.33% del gasto federalizado para beneficiar a millones de personas. Al final del día, como escribí líneas arriba, ganó la razón.
Sin embargo, conviene dimensionar el tamaño real de la crisis; el acueducto sustituto no equivale a resolverla, es apenas una pieza más del complejo rompecabezas para la solución total, porque si hay un problema que tiene distintas dimensiones es el del agua. He conversado con distintas personas expertas en la materia, todas coinciden en esto.
La primera dimensión es la calidad del agua. La contaminación del Río Santiago, las descargas industriales, las ilegales, y todas aquellas que no cuentan con un tratamiento previo adecuado, aportan grandes cantidades de contaminantes y sustancias tóxicas que ponen en riesgo la salud y el equilibrio medioambiental, además de dificultar un abastecimiento seguro. La propia Comisión Nacional del Agua informó en mayo de 2026 de cerca de 400 mil descargas domésticas que llegan sin tratamiento a lo largo de la cuenca del Río Santiago.
La segunda dimensión es la infraestructura de potabilización, tratamiento y distribución, que en el caso de Guadalajara llega a tener 60 o más años de antigüedad, como es el caso de la Planta Potabilizadora Número 1 de Miravalle o la red de tuberías que corren debajo de nuestras calles, por las cuales se pierde entre el 30 y 40% del agua a causa de fugas.
Una tercera dimensión, y la que podría ser la más importante, es la de la disponibilidad a futuro. La sobreexplotación de los mantos acuíferos, la variabilidad de las lluvias y los efectos del cambio climático, obligan a diversificar las fuentes de abastecimiento, proteger las zonas de recarga, recuperar las cuencas y ampliar el reúso de las aguas residuales tratadas. Depender de una sola Infraestructura, por moderna que sea, nos mantendrá vulnerables en cualquier otro momento, así como ya lo estamos ahora.
Por último, el cumplimiento de las leyes y normas. Quien contamine, pague. Jalisco necesita reforzar sus sistemas de monitoreo e inspección de la calidad del agua, y transparencia presupuestal, en todos los organismos involucrados. Hoy el acuerdo con la federación es un avance (falta que lleguen los recursos) pero tengamos en cuenta que para tener agua de calidad para siempre, no lo es todo.