Fray Antonio Alcalde instituyó al Hospital Civil bajo un principio que, aún hoy, resuena en los pasillos de las nobles entidades que velan por el bienestar y la educación en el Occidente de México: “la salud del pueblo es la suprema ley”. Más de tres siglos después del nacimiento del visionario fundador de la Real Universidad de Guadalajara, su legado se mantiene firme. Su mensaje—tan preciso como vigente—nos recuerda que la salud no es un privilegio, sino la base sobre la cual se sostienen las sociedades que aspiran a la equidad y el bienestar colectivo.
La ausencia de la salud limita el desarrollo, trunca proyectos de vida y genera inestabilidad. A su vez, la carencia de políticas centradas en el bienestar social, y que respondan únicamente a necesidades inmediatas sin una planeación estratégica, vulnera los derechos fundamentales de todas las personas. Así, se entrelazan salud, legislación y participación ciudadana. Los modelos de triple hélice, que colocan a las personas en el centro de las decisiones, representan más que un acto de justicia social: son un imperativo ético y científico al servicio de la sociedad.
En este contexto, el concepto de Salud Global adquiere una relevancia fundamental, ya que no solo atiende enfermedades, sino que reconoce que la búsqueda del bienestar es un fenómeno profundamente interconectado. Una sola salud nos recuerda que la salud humana, la salud animal y la salud ambiental están íntimamente entrelazadas. Lo que afecta a uno, inevitablemente repercute en los demás. Un ejemplo claro fue la pandemia por COVID-19, una crisis sanitaria que evidenció la fragilidad de los sistemas de salud y la necesidad de respuestas que trasciendan fronteras. Hoy más que nunca, se requiere cooperación internacional, investigación colaborativa, liderazgos sólidos en salud pública y políticas sustentadas en evidencia científica.
Hablar de salud global es hablar de justicia: de acceso equitativo a medicamentos, de condiciones dignas para el personal de salud, de la urgente necesidad de reducir brechas en el acceso a servicios y al saneamiento básico en nuestros entornos. El fraile de la calavera tenía razón: la salud del pueblo es la suprema ley. En este siglo XXI, ese pueblo es la humanidad. La salud global nos invita a actuar con visión, con empatía y con ciencia, comprometiéndonos a nivel local y extendiendo nuestro impacto al plano global.