El tiempo no solo se mide en horas o calendarios, también en la forma en que envejecen nuestras células, en cómo cambian nuestros hábitos y en la rapidez con la que la sociedad responde a los problemas de salud. El llamado “reloj biológico” de la salud pública no es un mecanismo oculto en el ADN. Por su parte, corresponde a la suma de decisiones, políticas y estilos de vida que marcan el pulso de nuestra calidad de vida.
Hoy sabemos que las enfermedades crónicas como la diabetes o las cardiovasculares, no llegan de manera repentina; se van gestando en la acumulación de factores: alimentación deficiente, falta de ejercicio, estrés permanente, contaminación ambiental. Cada uno de estos elementos adelanta las manecillas del reloj y hace que la población envejezca con más enfermedades que años.
La paradoja es clara: vivimos más tiempo, pero no necesariamente vivimos mejor. La expectativa de vida ha aumentado en las últimas décadas, pero con ella también lo ha hecho la cantidad de años vividos con limitaciones físicas, emocionales o sociales. Esto nos obliga a replantear un objetivo central: no basta con sumar años, hay que sumarles salud.
La ciencia ofrece respuestas, pero también lo hacen las comunidades. Un espacio público seguro donde caminar, políticas de acceso a alimentos saludables, horarios laborales compatibles con el descanso y la vida familiar, son formas sencillas de retrasar ese reloj y mejorar nuestro bienestar colectivo.
El desafío está en comprender que la salud pública no depende solo de hospitales y medicamentos, sino del entorno que construimos todos los días. Cada decisión que tomamos, como individuos y como sociedad, es una vuelta más en la cuerda de ese reloj que marcará la salud de las próximas generaciones.