La publicación de los Lineamientos Generales 2026 del Programa de Vacunación Universal llega en un momento que debería obligarnos a hacer una pausa. No por el documento en sí —con solidez técnica, alineado a estándares internacionales— sino por la realidad que lo rodea: el reaparecer del sarampión en México y en otros países de la región.
El sarampión no es una enfermedad nueva, ni misteriosa, ni impredecible. Es, quizá, uno de los mejores ejemplos de lo que ocurre cuando la sociedad y un sistema de salud bajan la guardia. Durante décadas fue considerado prácticamente eliminado en el país gracias a coberturas de vacunación superiores al 95%. Hoy, vuelve a aparecer como un recordatorio incómodo de que los logros en salud pública no son permanentes.
Los lineamientos 2026 insisten —con razón— en la vacunación como un derecho humano, una responsabilidad del Estado y un pilar de la prevención. Sin embargo, el aumento de casos de sarampión revela una grieta profunda entre el diseño normativo y la realidad operativa: coberturas incompletas, esquemas interrumpidos, movilidad poblacional, desinformación y una peligrosa normalización del “luego lo hacemos” han creado el escenario perfecto para el regreso de enfermedades que ya sabíamos controlar.
Vacunar implica mucho más que aplicar biológicos; es sostener confianza. Y ahí está uno de los grandes retos actuales. La pandemia de COVID-19 dejó cicatrices profundas: desconfianza institucional, saturación del personal de salud, cansancio social y una exposición masiva a discursos pseudocientíficos que erosionaron años de educación sanitaria. El sarampión, altamente contagioso, encuentra terreno fértil cuando basta que una comunidad baje la cobertura para que el virus vuelva a circular.
El documento es nacional; la implementación es local. Y ahí es donde se juega el verdadero partido. Sin personal suficiente, sin cadenas de frío robustas, sin seguimiento comunitario y sin datos oportunos, los lineamientos corren el riesgo de quedarse en papel. El aumento de casos de sarampión no debe leerse como una falla aislada, sino como una señal temprana. Una advertencia de lo que puede pasar con otras enfermedades prevenibles si la vacunación pierde centralidad en la agenda pública. También es un llamado a repensar la comunicación en salud: informar no es solo decir qué vacuna toca, sino explicar por qué importa, qué protege y qué ocurre cuando se posterga.
Vacunar es un acto profundamente político, aunque a veces se nos olvide. Es una decisión sobre qué vidas se protegen primero, qué territorios se priorizan y qué tan en serio asumimos la prevención. Porque en salud pública, cuando una enfermedad regresa, casi nunca es por sorpresa. Es porque algunos —como sociedad— dejaron de mirar a tiempo.