Asistir a vacunarse no es un acto menor ni automático. Es una decisión que, cuando se replica, define el rumbo epidemiológico de una comunidad. En Jalisco, como en muchas regiones del país, el panorama actual nos recuerda realidades incómodas de evidenciar: las enfermedades prevenibles reaparecen cuando la memoria colectiva se debilita.
El sarampión es nuestra realidad inmediata que funciona como el mejor ejemplo. No solo es altamente contagioso; también tiene un efecto menos conocido y profundamente preocupante: provoca amnesia inmunológica. Tras la infección, el sistema inmunitario puede “olvidar” defensas adquiridas previamente frente a otros patógenos, dejando a la persona más vulnerable durante meses o incluso años. Vacunarse, por el contrario, refuerza la memoria inmunológica y al evitar que nos contagiemos, nos protege más allá de una sola enfermedad, es una inversión silenciosa en la salud futura.
Por ello, desde la semana pasada, es de celebrar la inmensa asistencia a los puntos de vacunación, la cual debe fortalecerse de confianza, de información clara y de una percepción compartida del riesgo.
Cuando los casos parecen lejanos, la urgencia se diluye y en ese espacio aparece el olvido, aquí la analogía se vuelve inevitable. Así como el sarampión borra recuerdos inmunológicos, también como sociedad corremos el riesgo de olvidar cómo funcionan los sistemas que nos cuidan. La atención primaria para la salud, la vigilancia epidemiológica y los programas de vacunación no son espontáneos: requieren coordinación, personal capacitado, recursos y, sobre todo, participación ciudadana. Cuando se les mira solo en momentos de crisis, se pierde de vista su valor cotidiano.
La atención primaria para la salud, desde cualquier espacio que se ejerza, representa resultados de esfuerzos institucionales sostenidos y de la corresponsabilidad social. La vacunación no es una imposición ni un trámite; es un acuerdo implícito entre el individuo y la comunidad. Cada persona que asiste a vacunarse fortalece no solo su propia protección, sino la de quienes no pueden hacerlo y por ello estos centros deberían ser permanentes.
El panorama epidemiológico actual nos invita a actuar sin estridencias. No desde el miedo, sino desde la memoria. Recordar que el sarampión no es una enfermedad del pasado. Recordar que las coberturas altas salvan vidas incluso cuando no lo notamos. Recordar que las científicas y científicos vigilamos cada palabra para cuidar mejor, para que la ciudadanía confíe, participe y reciba información actualizada.
Vacunarse es, en el fondo, un ejercicio de memoria colectiva. Es decidir no olvidar lo aprendido tras años de evidencia y experiencia. En tiempos donde el bullicio informativo se confunde, volver a lo esencial es un acto de responsabilidad: cuidar la salud propia y sostener, entre todos, la atención primaria que nos cuida.