En días recientes, el debate educativo nacional ha vuelto al centro de la conversación pública a partir de los planteamientos respecto a los libros de texto. Más allá de interpretaciones coyunturales, es un recordatorio vivo de la teoría de la complejidad, explicada por Edgar Morin. El sociólogo francés planteaba que los grandes retos contemporáneos exigen pensamiento complejo: integrar saberes, evitar reduccionismos y reconocer la interdependencia entre sistemas.
En paralelo al sector educativo, los sistemas de vigilancia epidemiológica han encendido alertas por el incremento de casos de sarampión en distintas regiones del mundo y los brotes evidentes en el país. No se trata de alarmar, sino de actuar con responsabilidad. El sarampión es prevenible y México cuenta con uno de los programas de vacunación históricamente más sólidos de América Latina, resultado de décadas de trabajo coordinado entre autoridades federales, estatales, personal de salud y comunidades educativas.
La salud y la educación son sistemas interdependientes. Las campañas de vacunación más exitosas han contado con la participación activa de las escuelas; la alfabetización en salud comienza en el aula; la confianza en la ciencia se construye desde edades tempranas.
Desde la inmunología sabemos que el virus del sarampión puede generar lo que se conoce como “amnesia inmunológica”: una disminución de la memoria del sistema inmune que deja al organismo más vulnerable frente a otras infecciones. La metáfora es clara: la memoria protege y en salud pública, como en educación, la memoria institucional y científica es una fortaleza que debemos preservar y actualizar constantemente.
En este sentido, las transformaciones educativas impulsadas a nivel federal buscan precisamente formar ciudadanos críticos, conscientes y participativos. La educación científica no es un accesorio del currículo: es una herramienta para la vida. Comprender qué es la inmunidad colectiva, cómo funcionan las vacunas y por qué la prevención es un acto solidario, fortalece la cohesión social.
En Jalisco, como en el resto del país, las autoridades de salud han reforzado estrategias de prevención y llamado a revisar esquemas de vacunación. Ese esfuerzo se complementa con una educación que promueva la comprensión científica y el pensamiento informado. No es una tarea de un solo sector; es una responsabilidad compartida.
El sarampión nos recuerda que los logros colectivos requieren continuidad. La buena noticia es que México tiene experiencia, infraestructura y talento humano para responder. Y que existe voluntad institucional para hacerlo de manera coordinada.
Hablar hoy de sarampión no es solo hablar de un virus; es reconocer que la mejor defensa es una ciudadanía educada, informada y solidaria. La memoria inmunológica protege al individuo. La memoria educativa protege a la sociedad. Ambas, fortalecidas por políticas públicas responsables y por la participación comunitaria, son la base de un país más saludable y más preparado para el futuro.