En los últimos días, la lamentable pérdida que representó la muerte de Jürgen Habermas, volvió a poner sobre la mesa una pregunta que parece cada vez más urgente en nuestros tiempos: ¿Cómo se construye la confianza en una sociedad donde la información circula con más velocidad que las nuevas ideas en un laboratorio científico?
Habermas dedicó buena parte de su trayectoria intelectual a reflexionar sobre la esfera pública, el espacio donde la sociedad entrelaza la discusión y construye acuerdos sobre asuntos de interés común. Para él, una democracia sana depende de las decisiones colectivas sostenidas en argumentos, diálogo racional y evidencia.
Por su parte, la salud pública tampoco se sostiene únicamente en hospitales, medicamentos o tecnologías avanzadas, sino que descansa en decisiones cotidianas que las personas toman con base en la información que reciben y en la credibilidad que otorgan a quienes la comunican. Cuando esa confianza se erosiona —ya sea por desinformación, rumores o interpretaciones erróneas— incluso las mejores herramientas médicas pueden perder eficacia.
La historia reciente de la medicina demuestra que los grandes avances científicos funcionan cuando existe una relación sólida entre conocimiento y sociedad. Las vacunas, por ejemplo, han permitido controlar enfermedades que durante siglos causaron miles de muertes. Sin embargo, estos logros solo son posibles cuando las comunidades confían en la evidencia científica y en las instituciones que la respaldan.
En el caso del sarampión, una de las enfermedades más contagiosas que conocemos, la vacunación ha sido clave para reducir su presencia en muchas regiones del mundo, pero basta con que disminuya la cobertura vacunal para que el virus vuelva a encontrar oportunidades de transmisión. Esto no ocurre por falta de ciencia, sino muchas veces por falta de confianza, erosión en las instituciones y sus procesos o por la circulación de información incorrecta, lo cual rompe el vínculo entre la sociedad y los sistemas de salud.
Por eso, la comunicación científica se ha convertido en una tarea central para investigadoras e investigadores dentro de las universidades. Explicar con claridad, acercar el conocimiento a la sociedad y mantener un diálogo abierto con la población es hoy tan importante como los propios avances en laboratorio.
Porque la salud también se construye en el espacio público de la conversación social. En un mundo donde cualquier mensaje puede volverse viral, la responsabilidad de comunicar con rigor y de buscar información confiable es compartida.
Porque cuando la ciencia y la sociedad caminan juntas, el conocimiento deja de ser sólo teoría y se convierte en protección, prevención y vida, por eso, sostengo un firme compromiso de poner la ciencia al servicio de la sociedad.