El esquema mexicano de vacunación fue, durante décadas, uno de los grandes orgullos de la salud pública: gratuito, universal, con cartilla nacional, jornadas masivas y capacidad de llegar a escuelas, comunidades, unidades de salud y territorios alejados. No era solo una lista de biológicos; era una arquitectura de Estado.
El Manual de Vacunación lo define como una herramienta de consulta para que el personal de salud tome decisiones correctas en salud individual y colectiva. Es decir, traduce evidencia científica en operación cotidiana: qué aplicar, cuándo, a quién, con qué intervalo, bajo qué precauciones y cómo registrar.
Históricamente, México fue reconocido internacionalmente por su Programa de Vacunación Universal: por sus campañas nacionales, por la Cartilla Nacional de Salud, por su capacidad de eliminación o control de enfermedades prevenibles y por haber convertido la vacunación en una práctica culturalmente normalizada. En América, la OPS ha reconocido a la región como líder mundial en inmunización, con hitos como la eliminación de polio, rubéola y sarampión endémico; México fue parte de ese esfuerzo regional.
El problema actual no es el diseño del esquema, sino las brechas de cobertura, oportunidad y continuidad. La vacunación funciona cuando el sistema completo funciona: abasto, red fría, vigilancia epidemiológica, personal capacitado, registro nominal, comunicación social y confianza pública. Cuando una de esas piezas falla, reaparecen enfermedades que parecían parte del pasado.
Por eso la Semana Nacional de Vacunación 2026, del 25 de abril al 2 de mayo, debe leerse como algo más que una campaña: es una estrategia de recuperación. Su objetivo oficial es fortalecer coberturas, completar esquemas y proteger a la población con vacunas gratuitas del esquema nacional.
El contexto la vuelve especialmente relevante: México enfrenta nuevamente desafíos por el sarampión y otras enfermedades prevenibles. La OPS ha insistido en que las brechas de vacunación permiten la transmisión, y los análisis recientes muestran preocupación por niñas y niños “cero dosis” y esquemas incompletos.
La lectura central sería que México no parte de cero; parte de una política sólida que necesita ser recuperada, actualizada y defendida. El Manual de Vacunación genera la ruta técnica; el esquema nacional brinda la promesa sanitaria y por ello la Semana Nacional de Vacunación es la oportunidad operativa para cerrar brechas. Vacunar no es solo aplicar una dosis: es sostener memoria inmunológica, confianza institucional y justicia social, porque el acceso a las vacunas no debería ser un privilegio de algunos sino una política de Estado para todas y todos.