La transformación de la educación superior en el área de la salud no puede entenderse como una moda académica ni como una respuesta apresurada al avance tecnológico, debe asumirse como una tarea estratégica de país. En la salud, cada cambio curricular, cada modelo pedagógico y cada decisión formativa termina, tarde o temprano, frente a un paciente, una familia y una comunidad.
Desde la Academia Nacional de Educación Médica, Capítulo Jalisco, hemos insistido en una idea central: la calidad de los sistemas de salud del futuro dependerá directamente de la calidad de los procesos educativos que construyamos hoy. Formar profesionales de la salud no significa únicamente llenar aulas, cumplir créditos o transmitir contenidos técnicos. Significa construir cultura académica, defender la calidad, promover el humanismo y preguntarnos, con seriedad, cómo estamos formando a quienes tendrán en sus manos la vida, la dignidad y el bienestar de millones de personas. Bajo esa visión se subraya que la educación médica debe formar profesionales con ética, sensibilidad, pensamiento crítico y compromiso social.
El mundo ya ha entendido que la educación en salud necesita transformarse. La Organización Panamericana de la Salud plantea que mejorar la formación de los recursos humanos es indispensable para lograr disponibilidad, accesibilidad, aceptabilidad y calidad en los servicios; además, vincula esta transformación con sistemas resilientes, redes integradas y un primer nivel de atención fuerte. La Organización Mundial de la Salud, por su parte, advierte que hacia 2030 podría existir un déficit mundial de 11 millones de trabajadores de la salud, principalmente en países de ingresos bajos y medios.
Por eso, las tendencias internacionales que han funcionado no son aquellas que sustituyen al profesor por una plataforma, ni al juicio clínico por una aplicación. Son las que han sabido integrar innovación con sentido pedagógico. Entre ellas destacan la educación basada en competencias, la formación interprofesional, la simulación clínica, la salud digital, la inteligencia artificial con criterio ético, el aprendizaje permanente y la formación orientada a la atención primaria.
La educación basada en competencias ha permitido que las universidades dejen de preguntarse únicamente qué debe saber un estudiante, para preguntarse también qué debe ser capaz de hacer, cómo debe decidir y con qué valores debe actuar. La formación interprofesional ha mostrado que los sistemas de salud no se sostienen por héroes individuales, sino por equipos: médicas, enfermeros, odontólogas, psicólogos, nutriólogas, químicos, terapeutas, salubristas y gestores trabajando de manera coordinada.
La gran lección internacional es clara: no todo lo moderno es pertinente. La innovación educativa solo vale la pena cuando mejora el razonamiento clínico, fortalece la ética, amplía la mirada social y prepara profesionales para sistemas reales, no para escenarios ideales. Las ciencias de la salud no pueden perder su esencia: juicio clínico, humanismo, ética, profundidad científica y formación integral.
La educación superior en salud debe mirar hacia la atención primaria, la prevención, la salud pública, la investigación traslacional, la salud digital y el trabajo interprofesional, pero debe hacerlo sin improvisación. Los cambios curriculares deben construirse con evidencia, consenso académico y visión de largo plazo. Las universidades no pueden limitarse a seguir tendencias: deben analizarlas, adaptarlas y, cuando sea necesario, cuestionarlas.
Desde el Capítulo Jalisco de la Academia Nacional de Educación Médica, esta conversación resulta impostergable. Jalisco tiene universidades, hospitales, centros de investigación, posgrados y comunidades académicas con capacidad para convertirse en referencia nacional en educación en ciencias de la salud. Pero esa posibilidad exige asumir que educar profesionales de la salud no es una tarea administrativa: es una responsabilidad pública.
Porque antes de transformar un sistema de salud, hay que transformar la forma en que educamos a quienes lo sostienen.