La Organización Mundial de la Salud estima que para 2030 podrían faltar más de 11 millones de trabajadores de la salud en el mundo. No se trata solamente de formar más profesionales, sino de formar mejores profesionales: con pensamiento crítico, capacidad de adaptación, competencias tecnológicas, sensibilidad social y un profundo compromiso ético.
Las experiencias internacionales muestran que las transformaciones más exitosas no han consistido en reemplazar docentes por plataformas digitales ni en sustituir el razonamiento clínico por algoritmos. Han consistido en integrar innovación con propósito.
América Latina ofrece ejemplos valiosos. Brasil ha desarrollado, con su Sistema Único de Saúde, una estrategia de salud familiar basada en equipos comunitarios y atención primaria; la OCDE reconoce que la Estrategia de Salud Familiar, lanzada en 1994, ha sido un pilar para reorganizar y fortalecer la atención primaria brasileña. Costa Rica, con sus Equipos Básicos de Atención Integral en Salud, ha mostrado la fuerza de un modelo territorial, familiar y comunitario; estudios sobre su reforma destacan que los EBAIS contribuyeron a mejorar la equidad en la atención primaria.
México, en cambio, enfrenta una complejidad particular. Nuestro sistema de salud ha sido históricamente fragmentado: IMSS para población trabajadora formal, ISSSTE para trabajadores del Estado, servicios estatales, modelos para población sin seguridad social y, más recientemente, IMSS-Bienestar. Esa fragmentación también ha impactado la formación: muchas veces educamos para instituciones separadas, con culturas clínicas distintas y con capacidades desiguales entre regiones. En 2026, el decreto que crea el Servicio Universal de Salud plantea una reorganización progresiva para articular IMSS, ISSSTE e IMSS-Bienestar, con el objetivo de permitir atención sin importar la adscripción institucional.
Esa transformación del sistema de salud mexicano exige una transformación paralela de la educación superior. No podemos aspirar a un sistema más integrado si seguimos formando profesionales para trabajar de manera aislada. No podemos hablar de universalidad sin formar con enfoque de equidad. No podemos fortalecer la atención primaria si las universidades continúan colocando todo el prestigio formativo únicamente en la alta especialidad hospitalaria y no podemos digitalizar la salud si antes no formamos criterio clínico, ética de datos y responsabilidad social.
La transformación de la salud no comenzará únicamente en los hospitales, ni en los decretos, ni en las plataformas digitales. Comenzará, como casi todo lo importante, en las aulas. En la relación entre profesor y estudiante, en el ejemplo clínico, en la pregunta bien formulada, en la duda que se acompaña, en la capacidad de formar profesionales que no solo sepan curar, sino que entiendan por qué, para quién y con qué sentido lo hacen.
Porque antes de transformar un sistema de salud, hay que transformar la forma en que educamos a quienes lo sostienen.