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8 julio 2026
José Francisco Muñoz Valle
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¿Y si sí?: lo que se mantiene al final

8 julio 2026
|
05:00
Actualizada
14:14

Durante semanas nos dijeron que era improbable. Que las estadísticas, los algoritmos y las predicciones apuntaban hacia otro lado. Pero el deporte, como la vida, tiene la costumbre de recordarnos que el futuro no está escrito.

¿Y si sí?

Esa pregunta, tan sencilla como profunda, fue la que terminó abrazándonos. No solo en una cancha, sino en millones de personas que, por unos instantes, dejaron de ser individuos aislados para convertirse en una comunidad.

El sociólogo Émile Durkheim llamó a este fenómeno efervescencia colectiva: ese momento en el que muchas personas experimentan la misma emoción al mismo tiempo y la emoción deja de sentirse individual para convertirse en un hecho social. Un estadio lleno, una plaza pública, una sala familiar o un pequeño celular transmitiendo el partido desde cualquier rincón del mundo pueden producir exactamente lo mismo: la sensación de pertenecer a algo más grande que uno mismo.

Ello, aunque parezca intangible, también tiene efectos sobre nuestra salud. La ciencia ha demostrado que compartir emociones fortalece los vínculos sociales, disminuye la sensación de aislamiento y favorece la liberación de neurotransmisores asociados con el bienestar, como la dopamina y la oxitocina. Celebrar juntos no solo genera recuerdos; también construye comunidad.

Quizá por eso un Mundial trasciende al futbol. Mientras unos se acercan para alzar una copa, en muchas partes del mundo siguen ocurriendo guerras, crisis económicas, enfermedades, pérdidas familiares y noticias difíciles. La realidad no hizo una pausa para que existiera la alegría. Ambas coexistieron.

Esta es una lección inherentemente humana y con una profundidad trascendental.

Con frecuencia pensamos que debemos esperar a que desaparezcan todos los problemas para permitirnos sentir esperanza. Sin embargo, la vida rara vez funciona así. Aprendemos a transitar las crisis mientras seguimos viviendo. Lloramos una noticia y, horas después, reímos con otra. Extrañamos a alguien y aun así celebramos un cumpleaños. Habitamos el dolor sin renunciar por completo a la alegría. No es contradicción, es resiliencia.

Necesitamos más de eso. Más espacios donde el triunfo colectivo importe más que el protagonismo individual. Más motivos para abrazarnos sin conocernos. Más historias que nos recuerden que construir comunidad sigue siendo posible.

Porque, al final, los campeonatos terminan, los estadios se vacían y las medallas encuentran un lugar en las vitrinas. Lo que permanece es aquello que sembramos en el camino: la certeza de que, incluso cuando el mundo parece atravesar sus propias crisis, todavía somos capaces de encontrarnos, de emocionarnos juntos y de volver a creer. Y en cuanto a la participación de México en el Mundial, nos sentimos profundamente orgullosos del trabajo que realizaron, se visualiza un cambio que puede fructificar en los siguientes años y como lo definió José Saramago: la derrota tiene algo positivo, nunca es definitiva…. Nos vemos en el Mundial 2030.

Después de todo, las grandes transformaciones siempre comienzan con una pregunta ¿Y si sí?

*Las opiniones y contenidos en este texto son responsabilidad total del autor y no de este medio de comunicación.
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