Fue José Vasconcelos, a principios de los años veinte del siglo pasado, quien acuñó el lema de la máxima casa de estudios de nuestro país, y de la que fue un honroso rector y luminoso mexicano, esto aún con los ecos de la justa revolucionaria. La UNAM se convertía en una ventana para impulsar la educación pública superior como palanca del desarrollo nacional.
Esto viene a cuento por el embrollo del examen de admisión que por primera vez realiza la Universidad de manera virtual, en lugar del tradicional examen presencial, que derivó en una serie de observaciones y críticas por la presunción de que no pocos aspirantes vulneraron las medidas de seguridad para obtener un mejor resultado en dicha evaluación.
Sin duda la experiencia es negativa y preocupante en dos sentidos. El primero tiene que ver con la vulnerabilidad de la estructura informática utilizada para el examen de admisión que al parecer, costó varios millones de pesos y esto no es percepción, demostrado está lo inusual de los resultados que se encuentran estadísticamente muy por encima del promedio histórico, es decir que era relativamente sencillo hacer trampa para obtener una mejor calificación. Y dos, es imposible dejar de lado que una buena cantidad de aspirantes están dispuestos sin el menor rubor a violentar la norma, a hacer trampa; la falta de integridad en una parte importante de las y los jóvenes no hace más que reflejar el severo problema que tenemos como sociedad, que paso a paso, avanza para normalizar la posibilidad de sacar ventajas de manera incorrecta sin importar las consecuencias.
Además, en el esquema de polarización discursiva y política en el que estamos metidos desde hace al menos ocho años, el episodio abrió la oportunidad para que se ataque indiscriminadamente a la máxima casa de estudios y tal situación es preocupante; reducir la existencia de la UNAM en las últimas décadas a ser un nido de la izquierda radical y de estar en la mediocridad, es temerario por no decir que estúpido; nuestra Universidad es pieza fundamental de la investigación científica, la docencia, la difusión de la cultura y de ser un igualador social, aún con todas las ventanas de oportunidad que se tienen para mejorarla como a toda institución de educación superior en México.
Los retos son inmensos y se acrecientan después de este gazapo. Esto lo tiene que entender el rector Leonardo Lomelí, de la Junta de Gobierno y del Consejo General Universitario; es indispensable que las investigaciones sobre lo sucedido y que están en curso, tenga resultados rápidos y se tomen las medidas necesarias, aunque esto signifique volver a aplicar el examen de ingreso. No podemos darnos el lujo de dejar pasar este lamentable evento; también es menester que quienes creemos en la importancia de la educación superior, defendamos a la institución auriazul de los ataques insidiosos por un lado, y de los permanentes intentos del gobierno (no importa el signo político, ni el momento histórico) de influir de manera insana en la institución. Dicha labor no solo es de la inmensa comunidad universitaria, es tarea de todas y todos; entendamos que si perdemos la batalla, este país no tendrá remedio. Para ello la Universidad necesita rendir cuentas claras y con transparencia para remediar lo sucedido y replantear su organización interna, es decir estar a la altura para adecuarla al inmenso reto que vive México en la actualidad.