Hay preguntas que hacemos casi por costumbre: “¿Cómo estás?”, “¿todo bien?”, “¿cómo te ha ido?”. Con frecuencia las pronunciamos mientras seguimos caminando, revisamos el teléfono o pensamos en la siguiente tarea. Son expresiones amables, pero no siempre preguntas verdaderas, porque pocas veces nos detenemos a escuchar la respuesta.
¿Qué ocurriría si, por un momento, preguntamos con la disposición genuina de quedarnos a escuchar?
Cada 10 de septiembre se conmemora el Día Mundial para la Prevención del Suicidio. En 2026, el llamado internacional es a cambiar la narrativa: pasar del silencio y el estigma hacia conversaciones abiertas, comprensivas y acompañadas de acciones institucionales. No se trata solamente de hablar más, sino de aprender a hablar con responsabilidad.
El suicidio constituye un problema complejo de salud pública. No responde a una causa única ni puede explicarse mediante frases como “le faltó fortaleza” o “no supo valorar la vida”. En él pueden confluir sufrimiento emocional, trastornos mentales, enfermedades crónicas, violencia, discriminación, aislamiento, pérdidas, dificultades económicas y barreras para recibir atención. Reducirlo a una debilidad personal no solo es incorrecto: también profundiza la culpa y dificulta que quienes necesitan ayuda puedan solicitarla.
La Organización Mundial de la Salud estima que cada año mueren por suicidio más de 720 mil personas y señala que se encuentra entre las principales causas de muerte de jóvenes de 15 a 29 años. Detrás de cada cifra existe una historia, una familia y una comunidad, todas ellas, atravesadas por una ausencia que pudo ser prevenible.
Una de las creencias más dañinas sostiene que preguntar directamente a una persona si ha pensado en hacerse daño podría “darle la idea”. La evidencia y la práctica clínica indican lo contrario: preguntar con sensibilidad puede abrir un espacio para expresar aquello que se ha vivido en silencio. La pregunta no aumenta el riesgo; puede convertirse en el primer puente hacia la ayuda.
Sin embargo, preguntar implica asumir una responsabilidad. Si alguien expresa desesperanza, se despide de manera inusual, habla de sentirse una carga, se aísla o manifiesta que ya no encuentra una salida, no debemos minimizarlo, discutirle sus emociones ni responder con frases como “échale ganas” o “hay personas que están peor”. Lo indicado es escuchar sin juzgar, permanecer cerca, tomar en serio sus palabras y buscar apoyo profesional. Ante un riesgo inmediato, la persona no debe quedarse sola y es necesario solicitar atención de emergencia.
La prevención tampoco puede descansar exclusivamente en las familias. Requiere servicios de salud mental accesibles, personal capacitado, atención oportuna y comunidades educativas en las que pedir ayuda no sea motivo de vergüenza. Las escuelas y universidades ocupan un lugar especialmente importante: deben enseñar a reconocer señales de alarma, establecer rutas claras de atención y construir ambientes donde las personas puedan hablar sin miedo a ser juzgadas.
Cambiar la narrativa significa dejar de considerar la salud mental como un asunto privado que cada persona debe resolver por sí misma. También significa cuidar la manera en que comunicamos estos casos, evitar el sensacionalismo y colocar en el centro historias de acompañamiento, tratamiento y recuperación. Hablar de suicidio responsablemente no es hablar de muerte; es defender la posibilidad de continuar viviendo.
En México, la Línea de la Vida brinda atención gratuita las 24 horas, todos los días, en el 800 911 2000 y en el CUCS de la UdeG se encuentra disponible la Clínica de Atención Psicológica Integral para el Bienestar (CAPIB). Ante peligro inmediato, debe llamarse al 911. Además, reafirmo al escribir estas líneas, yo como académico de la Universidad de Guadalajara, siempre estaré disponible para escucharte y ayudarte.
Esta semana hagamos una pregunta verdadera: “¿Cómo estás, de verdad?”. Después, guardemos silencio y quedémonos a escuchar. A veces, la esperanza comienza justamente ahí: cuando alguien descubre que no tiene que atravesar su dolor en soledad.