Cada septiembre, las plazas de México vuelven a llenarse de banderas, luces y voces. Desde los balcones se recuerdan los nombres de quienes imaginaron un país capaz de decidir su propio destino. El Grito de Independencia representa el inicio de una lucha política y también simboliza la voluntad colectiva de dejar atrás aquello que limita la libertad para construir una nación con mayores oportunidades para todas las personas.
Más de dos siglos después, aquella aspiración conserva su vigencia. Sin embargo, la independencia de un país no se mide únicamente por su soberanía territorial o por la fortaleza de sus instituciones. También se expresa en la posibilidad real de que las personas vivan con salud, dignidad y bienestar.
Porque no existe libertad plena cuando una familia debe elegir entre comprar medicamentos o alimentos. Tampoco cuando el lugar de nacimiento determina la posibilidad de recibir atención médica, cuando una enfermedad prevenible interrumpe la educación de una niña o cuando alguien retrasa una consulta por temor a no poder pagarla.
En ese sentido, México todavía tiene un grito pendiente: el de la independencia frente a las desigualdades que enferman.
Nuestra historia sanitaria demuestra que la salud también se construye como una causa colectiva. Las campañas de vacunación, el acceso al agua potable, el saneamiento, la formación de profesionales y la creación de instituciones públicas han transformado la esperanza de vida de millones de personas. Son conquistas nacionales que han transformado la vida pública de nuestro país y aunque menos visibles que una batalla, también han requerido organización, conocimiento y compromiso social.
No obstante, hoy enfrentamos nuevas formas de dependencia. Dependemos con frecuencia de tratamientos iniciados demasiado tarde porque la prevención continúa relegada. Dependemos de información falsa que circula con mayor rapidez que la evidencia científica. Dependemos de modelos de vida que normalizan el estrés permanente, la alimentación poco saludable, el sedentarismo y la falta de descanso. También mantenemos una importante dependencia tecnológica y productiva del exterior para disponer de medicamentos, vacunas, insumos y equipos esenciales.
Alcanzar una mayor soberanía sanitaria exige fortalecer la investigación científica, la producción nacional de tecnologías y la formación de talento especializado. Pero también requiere algo más cercano: brindar a cada persona los conocimientos y las condiciones necesarias para participar en el cuidado de su propia salud.
La prevención no debe entenderse como una responsabilidad aislada del individuo. Recomendar comer mejor resulta insuficiente cuando existen comunidades sin acceso regular a alimentos nutritivos. Pedir actividad física pierde sentido si no hay espacios públicos seguros. Insistir en acudir oportunamente a consulta es contradictorio si los servicios son lejanos, costosos o están saturados. La salud depende de decisiones personales, pero también de las condiciones sociales que permiten tomarlas.
Por eso, el grito que México necesita no pertenece únicamente a una noche ni debe pronunciarse desde un solo balcón. Debe escucharse en los hogares que enseñan hábitos saludables, en las escuelas que refuerzan la educación para la salud, en los laboratorios que producen conocimiento, en los centros de salud que atienden con dignidad y en las comunidades que se organizan para no dejar a nadie atrás.
Celebrar la Independencia también puede ser una oportunidad para preguntarnos de qué necesitamos independizarnos hoy: de la desinformación, de la indiferencia, de las enfermedades prevenibles y de las desigualdades que determinan quién puede recibir atención y quién debe esperar.
Que este septiembre, nuestro “¡Viva México!”, sea también un compromiso con la vida. Porque una nación verdaderamente independiente es aquella en la que todas las personas tienen la posibilidad de vivir con salud, decidir con información y construir su futuro con dignidad.