En los últimos días se realizó la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en Nueva York, donde pudimos ver y oír un sinnúmero de posiciones sobre los múltiples problemas que aquejan al planeta, que enfrenta tal vez uno de sus momentos más complejos desde el término de la Segunda Guerra Mundial.
Llamaron poderosamente la atención los temas del conflicto Irán-Estados Unidos por el control del Estrecho de Ormuz, en donde a pesar de la retórica del presidente Donald Trump sobre la inminente victoria de su ejército y la amenaza constante de la aniquilación de Irán en la forma que la conocemos, la realidad nos indica que esto se encuentra lejos de ser una posibilidad; el conflicto se hace añejo y las consecuencias económicas para el planeta entero se agudizan. El precio del petróleo y los hidrocarburos se encuentran en un alza continua y empiezan a prenderse focos rojos. Sólo como ejemplo, Estados Unidos valora la posibilidad de disminuir o suspender temporalmente sus exportaciones de diésel para amainar el aumento del precio a los consumidores nacionales, lo que tendría consecuencias catastróficas para nuestro país, ya que según la información pública disponible, las reservas del mismo en México ajustan para solo una semana, lo que paralizaría buena parte de la actividad productiva al no tener la posibilidad de mover bienes y servicios en el territorio nacional, con afectaciones económicas de alto calado.
Otros dos temas también tienen que ver con conflictos bélicos; el primero tiene que ver con la invasión rusa a Ucrania, que cada vez cobra más muertos y cuya complejidad aumenta; desde la contratación de mercenarios latinoamericanos, africanos o los norcoreanos obligados a servir en las filas rusas como carne de cañón en las primeras líneas de batalla, hasta los intereses cruzados de China, Corea del Norte o el propio Irán, aunado a la pasividad de los Estados Unidos y con una Europa aún aturdida sin darse cuenta de que Putin les respira en la nuca.
Por otro lado, en un asunto no menos ominoso, el mundo observa estupefacto la exterminación del pueblo palestino por parte del gobierno de Benjamín Netanyahu, que todos los días comete crímenes de lesa humanidad de la manera más cruel que pueda imaginar el ser humano, sin que nadie haga algo medianamente eficiente para detener el infierno y todos, todos los países acaban siendo cómplices en mayor o menor medida.
Sin ser menores, las situaciones de Cuba o Venezuela viven sus propias dinámicas. En el primer caso, el fin del régimen es cuestión de meses, y en el segundo la democracia venezolana pasó a mejor vida al ver saciadas las necesidades petroleras norteamericanas. Todo lo anterior ante la mirada en el espejo del mundo que se ve a sí mismo y es incapaz de plantear una ruta que haga a la ONU relevante otra vez, dejándonos a sus más de ocho mil millones de habitantes a la deriva de populismos o totalitarismos de izquierda y derecha. Tarde nos daremos cuenta de lo que perdemos y cuándo nos demos cuenta, tal vez sea muy tarde.