En los últimos tiempos observamos estupefactos cómo las democracias, particularmente las occidentales, ceden a populismos de la extrema derecha o de la izquierda radical que, utilizando recursos discursivos repetitivos donde todos los demás son culpables de las carencias que se viven en diversos países y ellos son la solución a todos estos problemas, tienen gran impacto, aunque siendo gobierno recurren a la misma retórica culpando al resto de sus propias carencias, y acaban convirtiéndose en gobiernos con esquemas que secuestran las democracias en múltiples latitudes, sin que al momento parezca existir una alternativa sensata ante la estridencia discursiva y los autoritarismos gubernamentales.
Los resultados regionales de las elecciones en Alemania, los avances de la derecha en diversos países europeos, la guerra de Rusia con Ucrania y la de Estados Unidos contra Irán; la errática e impredecible política exterior de los Estados Unidos, el avance de las derechas en América Latina, las elecciones disfrazadas planteadas por Daniel Ortega en Nicaragua y lo sucedido en Venezuela, además de la falla de las encuestas en la primera vuelta en Brasil y el casi seguro triunfo de Bolsonaro junior, más los intereses cruzados de las grandes potencias, China, Rusia e incluso Irán o India por incidir en los resultados electorales, utilizando los medios tradicionales de intervencionismo, más las herramientas de la tecnología como lo son las plataformas de redes sociales, el manejo tendencioso de contenido noticioso, el esparcimiento de noticias falsas, la censura disfrazada o abierta al ejercicio periodístico, el papel de las iglesias evangélicas y al parecer una tibia pero ya patente respuesta de la Iglesia Católica y en algunos casos como el nuestro, la presión territorial de los grupos del crimen organizado, han convertido los procesos y a las democracias electorales en un coctel de difícil comprensión, pero de resultados prácticos, cuando alguno de los bandos en disputa logra alinearse en un sentido o en otro, y en donde a pesar de la nomenclatura, las diferencias ideológicas acaban encontrándose en algunos casos en el extremo contrario.
Por ello es necesario, indispensable, que desde la academia, el periodismo, las y los analistas de los asuntos públicos, realicemos razonamientos de mayor calado y profundidad. Las sociales democracias y las democracias cristianas, es decir las centro izquierdas y las centro derechas, tiene que replantearse discursos, programas y ejercicios de gobierno que sirvan realmente para disminuir diferencias sociales y den resultados palpables al grueso de sus poblaciones, que de manera relativamente sencilla adoptan discursos radicales con promesas incumplibles en muchos casos. En esta inmediatez que vivimos desde la masificación de la telefonía celular, la era de las redes sociales y más recientemente de la Inteligencia Artificial teniendo como origen de aceptación las imperiosas necesidades sociales.
Es prioritario que nos replanteemos los esquemas educativos públicos, entre otros esquemas, en diversas ramas, para tratar de encontrar luz al final del túnel, brújula ante la tormenta y asidero para poder transitar en una era de desesperanza y noche larga en la historia de la humanidad.
Menudos tiempos los que nos toca vivir.